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El Norte de Colombia: Cúcuta y Pamplona

Salimos de Venezuela bajo las mismas condiciones con la que entramos y con las que permanecimos tres meses en el país: de una incertidumbre jurídica/legal sobre el papeleo de la camioneta y el nuestro. Obviamente no queríamos “avisar” a las autoridades aduaneras que salíamos con la camioneta, no porque tuviera ningún problema, sino solamente por querernos evitar el trámite burocrático. Además, estaba el asunto de Gurú: era la priemra frotnera que con él cruzábamos y no sabíamos muy bien que iba a pasar. No teníamos sus papeles de vacunas “legalizados”, aunque él tiene todas sus vacunas. Además, hacer el trámite zoosanitario seguro era de morirse. No bastante con eso, sabíamos que debíamos pagar 76 bolívares cada uno por la visa de salida. Sobra decir que de dineros, nada, nada.
Así salimos de Venezuela: nos encaminamos a la frontera, el servidor de aduana nos hizo señal de “adelante” y ¡adiós Venezuela! Sin más trámite, estábamos ya cruzando el puente internacional sin haber sellado frontera, sin tener que dar razón no de Gurú ni del coche a nadie. Perfecto. La mitad estaba hecho; faltaba entrar a Colombia.
En Colombia estaban de fiesta, resulta que con nuestra suerte, llegamos el mero día de la Independencia y, obvio, era feriado. Por aduana no había que preocuparse ya que tendríamos que esperar hasta el día siguiente; por la camioneta no hubo problema. Faltaba el perro. Se quedó Elena afuera y entró Pedro a sellar migración. NIngún problema por no tener el sello de salida (el señor ni se percató). Entrada por 60 días. Era el turno de Elena. faltaba poco para cornar perfectamente el día de aduanas. Pero el funcionario que la atendió sí se percató que no tenía el sello de salida y… de reversa. A cruzar el puente y sella la salida de ella. Pagamos lo pertinente, recibimos el sello y sin ningún problema en Colombia la segunda vez. Ya estabamos los cuatro en un nuevo país.
De la frontera tomamos a Cúcuta. Debíamos pasar ahí la noche ya que ahí debíamos hacer el trámite de aduana para el coche. Búscado donde estacioanrnos, un buen samaritano se nos acercó y nos ofreció parquear fuera de su casa. Salvó la tarde. Cúcuta es bonita en su centro, auqnue como ciudad no tanto. Es caliente y con esa atmósfera no muy agradable de frontera. Al día siguiente hicimos los trámites en aduana: la cola de susto repleta de venezolanos, aunque fue relativamente rápido el papeleo. Como en Caratgena, no hubo que pagar nada por el trámite. Así, decidimos internarnos en el país: el lunes 25 debíamos estar en Medellín ya que esa misma semana llegaba el papá de Pedro de visita por unas semanas.
Nuestra siguiente escala fue Pamplona, pero antes de llegar tuvimos que lidiar con los retenes colombianos, donde nos pararon como cinco en un tramo de menos de 100 kilómetros. Colombia se nos presentaba pesado para recorrer en carretera; la costa no fue así, pero la serranía es otra historia. Pamplona es un hermoso pueblo en la montaña. Hace frío y tiene un ambiente bohemio universitario que nos encantó. Estuvimos ahí un par de noches, recorriendo y conociendo el lugar. Pero el tiempo apremiaba y debíamos continuar: nuestra siguiente parada era Medellín.

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Lo último de Venezuela

Para cambiar los frenos nos endeudamos con Lucy y Xavi, no esperábamos tener que cambiarlos aún en Venezuela donde no podemos sacar dinero  más que de las ventas de artesanía. Así que para cambiar unos dólares que aún teníamos los llevamos a Maracay. Ellos tomarían un vuelo a Buenos Aires en menos de una semana y nosotros teníamos el mismo tiempo para salir de Venezuela, antes de que nuestros permisos expiraran.

En Maracay conocimos a una de las couch más impresionantes que hemos conocido. A veces les da un espacio para dormir hasta a siete personas al mismo tiempo. Ella dice que donde caben dos, caben todos. No tuvo problemas en aceptarnos y dado que es una amante de los animales, hasta Gurú tuvo corte de pelo para no seguir padeciendo el calor de Venezuela.

Sólo estuvimos unos cuantos días. De ahí nos dirigimos a Barquisimento. Lucy y Xavi nos dijeron que el anfitrión que los recibió a ellos era un chamo súper buena onda y aunque al principio nos dijo que no podría, nos trató de ayudar a conseguir casa y al final nos quedamos con él por el fin de semana.

Necesitabamos plata para salir de Venezuela, pues cobra, según la frontera un monto por el permiso de ¿salida?. Por ejemplo en la frontera con Brasil no cobra, por el aeropuerto de Caracas nos parece que son 160 bsF y por Cucuta eran 80bsF. Aún teníamos que pagar las vacunas que le faltaban a Gúru. ¡Muchos gastos, pocos días!

La venta en Barquisimento no salió como esperábamos, pero bueno, aún no estábamos en ceros y mientras la gasolina sea casi gratis, aún podíamos tener esperanza. Compartimos buenos ratos con Juan Carlos y sus amigos. Puros chicos buena onda.

El domingo por la mañana tomamos camino a Mérida. La distancia en tiempo fueron más o menos 6 horas. Ya le habíamos avisado a Mary y William, amigos de Ejido que pasaríamos a verlos, a contarles como nos había ido con Gurú y a despedirnos. Pasamos por un pan de queso a la panadería del pueblo y llegamos a su casa. Williams estaba en Maracay y se perdió de como ha crecido Gurú y su nuevo corte. Como siempre estar en su casa es una delicia. Una pequeña casa en las montañas con una vista sin igual.

Al día siguiente fuimos al veterinario y a vender. En pocas horas ya habíamos alzado el presupuesto.

Muy temprano el martes por la mañana salimos con dirección a la frontera. Aún queríamos pasar a las Librerías del Sur, las cuales manejan precios MUY económicos. Por un dólar hemos obtenido al menos tres libros. Claro también hay libros más caros, pero hay un montón de precios subsidiados.

Pasamos por San Cristóbal y no nos detuvimos pues temíamos de la policía de Venezuela. Después de tres meses sabíamos como se las gastaban. Llegamos hasta San Antonio y ahí preguntamos si podíamos cruzar hasta el día siguiente, pues la librería ya había cerrado cuando llegamos. Nos dijeron que sí. San Antonio es un pueblo fronterizo bastante pequeño. Nos quedamos con los bomberos, los cuales siempre son una buena opción de ayuda. Al día siguiente pasamos a la librería y salimos de Venezuela. Literalmente salimos sin un bolívar. Después nos dimos cuenta que teníamos cien bolívares escondidos, tan escondidos que no los vimos sino hasta Colombia.

Aún y con todas las situaciones de inseguridad que vivimos en Venezuela, creemos que es un país hermoso de gente hospitalaria. De las mejores vistas con paisajes preciosos.

Esperamos que más que el gobierno, la gente entienda que estos problemas de seguridad sí les afectan y no deberían de permitirlo. Al final siempre se sabe, sobre todo en lugares con poca población, quienes son los ladrones. Que el pueblo exija seguridad es más que un derecho.

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El Oriente de Venezuela

Dejámos la Península de Paria atrás y tomamos rumbo hacia el sur, hacia la Gran Sabana. Pero para llegar allá había que cruzar el país completamente de Norte a Sur, cruzando los famosos Llanos. Pero antes de entrar en ellos, pasamos a conocer la Caverna del Guácharo, cerca de San Antonio y Caripe. Llegamos al poblado de noche, y el señor guardaparques nos permitió estacionarnos fuera de su oficina. El lugar es hermoso y tranquilo, tranquilo, cómo pocos lugares de los que estuvimos en Venezuela; ahí daba la sensación de que nada pasaba.
La Caverna es un espectáculo, llena de nidos de guácharo, un ave semi ciega equipada con sonar (como los murciélagos) y que sale a cazar por la noche a cientos de kilómetors de distancia. La desgracia es que nuestro guía era un poco idiota, ya que mientras nos explicaba la ceguera de las aves y lo sensible que son a la luz, nos “hacia el favor” de alumbrar directamente a los pájaros, para que apreciaramos, a través de la molestia que les provocaba el haz luminoso, de su fotosensibilidad. Tremendo animal. La cueva tiene más de 10 kilómetros de largo, aunque sólo se recorren dos. Vale la pena conocer este lugar y sus hermosos alrededores.
Saliendo de ahí tomamos camino hacia el sur. Pasmos por Maturín, aunque no nos detuvimos. Decidimos conocer Tucupita, capital de un departamento relativamente nuevo que engloba todo el delta del Orinoco. La verdad nos entusiasmaba la idea de concer el delta de este río, lleno de flora y fauna extravagante. Pero desafortunadamente esos tours son execivamente caros, digamos tipo turismo gringo. La ciudad en si es fea, y tuvimos que refugiarnos con nuestroa amigos los bomberos. Comos siempre, los mejores servidores públicos.
Al día siguiente retomamos camino hacia Ciudad Guayana (también conocido como Puerto Ordáz), ahí nos encontraríamos con nuestros amigos Lucy y Javier con quieneés ibamos a recorrer la Gran Sabana. Llegamos a casa de un chico que les estaba dando hospedaje, y muy amablemente nos dejó parquear en su garage. Esta ciudad es grande, nueva y con dinero. Esta enclavada en el río Orinoco, y es la entrada/salida de toda la marcancía que viaja por esta importante red fluvial. Después de dos días de descanso, nos subimos los cinco a la camper e iniciamos el recorrido hacia la Gran Sabana.

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