Tag Archives: Colombia

Bogotá

Y por fin llegamos a Bogotá. La capital de Colombia es una ciudad grande: desde la carretera nos tomó 40 minutos dejar la zona urbana metropolitana y entrar propiamente a la ciudad. Posee grandes edificios, enormes centros comerciales y vías de comunicación de primera. Definitivamente nos encontramos frente a toda una metrópolis que nos terminó atrapando casi una semana.

Llegamos y localizamos un bonito hotel a unas cuantas cuadras del centro, lo que nos facilitaba conocer la zona centro de la ciudad. La Plaza Central es algo espectacular: rodeada por la Catedral al Este, el Palacio de Gobierno al Oeste, la Asamblea Nacional al Norte y el Palacio de Justicia al Sur. Su arquitectura es exquisita y endulza la vista. Justo detrás de la Asamblea Nacional se encuentra el Poder Ejecutivo, por lo que si se ve la ciudad en perspectiva, de Sur a Norte, uno ve el recinto del Ejecutivo seguido por el Legislativo y culminando con el Judicial más al Norte; una hermosa disposición. En definitiva, el centro de Bogotá es uno de los más bellos que hemos visto incluido México.

Visitamos también la Finca Simón Bolivar, que fue el lugar donde se hospedaba el Libertador en sus visitas a esta ciudad, una hermosa y pequeña finca en lo que en su tiempo fueron las afueras de la ciudad, pero a la que se puede llegar caminando desde el mismo centro en menos de media hora. Ahí mismo está el teleférico y funicular que suben al Cerro de Monserrate. El pasea es lindo, y mientras nos vamos elevando en las alturas Bogotá toma forma en toda su extensión bajo nuestros pies. En el Cerro de Monserrate se encuantra una linda iglesia que domina desde las alturas todo el valle. Ahí disfrutamos de un rico té de coca que hasta Don Peter probó. No hay mejor cura para el mal de las alturas.

Desde Bogotá hay un tren turístico que hace el recorrido hasta Zipaquirá, donde se encuentra la famosa catedral de sal. Pedro nunca había viajado en tren, por lo que no pudimos dejar esta oportunidad. El tren es lindo, lindo. Lo viejo se olía hasta en sus remaches, pero bastante cuidado y limpio. La locomotora era una hermosura a carbón, como en los viejos tren de los gusanos metálicos. La travesía es hermosa, cruzando la campiña de Cundinamarca, zigzagueando las curvas de los majestuosos Andes.

La Catedral de Sal es un espectáculo: esculpida directamente en las rocas de piedra de lo que solían ser túneles mineros de excavación del mineral, el trabajo artesanal es realmente notable. Y no solo por estar esculpida debajo de la tierra, sino por su gran extensión. Además de representar el Viacrucis, posee una nave principal enorme y dos naves secundarias a cada uno de sus lados nada desdeñables. Las columnas esculpidas en la roca son dignas de asombro. El viaje de regreso a Bogotá fue igualmente lindo, tomamos un bus que nos dejó en Cajicá donde comimos mientras esperábamos el tren de regreso. En definitiva, un viaje que vale mucho la pena.

Bogogtá en definitiva nos gustó; por nosotros nos hubiésemos quedado más días, pero el tiempo de Don Peter estaba contado y había que seguir hacia el Sur. Aún nos falta conocer la formidable Cali antes de poder entrar a Ecuador.

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El Eje Cafetero

Después de los hermosos días en Medellín, nos dirigimos hacia Manizales para visitar el famoso Eje Cafetero, que lo constituyen el eje entre las ciudades de Manizales, Pereira y Armenia, junto con las zonas aledañas. De esta región del país es de donde proviene uno de los mejores cafés del mundo, llena de fincas cafeteras.

Manizales es una bonita ciudad enclavada en las montañas, “la fábrica de atardeceres” según Pablo Neruda. Después de un viaje largo desde Medellín, llegamos a Manizales ya de noche y con algunas advertencias sobre su inseguridad de por medio. Como siempre, uno de nuestros mayores problemas en Colombia es el estacionamiento, ya que no es fácil encontrar un lugar seguro donde dejar el auto y de donde tampoco te quite los vecinos o la policía. Dejamos el auto y nos hospedamos en un hotel bonito a unas cuantas cuadras del centro.

Al día siguiente salimos a conocer la ciudad: su catedral neo gótica es muy impresionante, a los tres nos fascinó. Su plaza central también es muy bonita, con una estatua muy moderna de Bolívar a caballo. A diferencia de Venezuela, donde todas las plazas centrales son la Plaza Bolívar, y donde, además, siempre hay una estatua o un busto de estilo clásico del Libertador, en Colombia, ahí donde hay estatuas suyas hay estilos muy variados. Nos gusta la variedad.

La ciudad nos estaba encantando, y al calor del Mundial de Futbol no faltaban pretextos para sentarnos a tomar una cerveza y disfrutar de los partidos. Al segundo día fuimos a una zona elevada de la ciudad. Llegamos caminando, y aunque no es muy retirado la subida era empinadísima; al final, valió la pena, ya que gozamos de una de las vistas más asombrosas de la ciudad: la valles enfrente de nosotros y la ciudad detrás, majestuosa, en la cima serrana, rozando las nubes.

Después de dos noches en Manizales tomamos rumbo a Pereira. Esta ciudad es más pequeña y un tanto más acogedora que nos atrapó por dos días también. Tiene una muy bonita calle peatonal llena de comercios y de buenos precios. Colombia se distingue por su buena industria textil, por lo que fuimos a conocer algunas tiendas, y fue tanta la tentación, que Don Peter se compró varias camisas. Su costo oscilaba entre los 25,000 y 35,000 pesos colombianos, algo así como 13 y 18 dólares. No estaba nada mal.

Después de Pereira seguimos hacia Armenia, pero decidimos no seguir por la vía principal, sino más bien tomar alguna vía más panorámica. A medio camino tomamos una desviación no prevista hacia Filandia. Que afortunada decisión. Este pueblito de encanto es realmente mágico: no son más que unas cuantas caudras alrededor de una plaza principal muy bonita y ricamente colonial. No estaba muy conservada, aunque tampoco se veía mal; más bien le daba un aire de autenticidad, de que no estábamos en un lugar arreglado ex profeso para atraer visitantes, sino en un lugar que simplemente es hermoso. Además, su paisaje no podía ser mejor: en medio de las montañas, bañado por la bruma vespertina y salpicado de pequeñas colinas por doquier. A las afueras de Filandia hay un mirador, una estructura de madera de unos 6 pisos de alto: si con visitar el centro nos habíamos encantado, desde el mirador el enamoramiento fue inevitable. En particular a Don Peter le pareció un lugar de ensueño.

Siguiendo esa ruto cruzamos por otro poblado lindo, Quimbaya. Este lugar es más poblado, y aunque tal vez aún no podría tener el estatus propio de una ciudad, tampoco es un pueblito provinciano. Es un lugar bonito donde aprovechamos para comer algo y continuar camino hasta Armenia.

Armenia no es tan atrayente como Manizales o Pereira. Es una ciudad un tanto descuidada y sucia, lo que le da una apariencia fea. Ahí nos hospedamos en un hotelito a las afueras de la ciudad, siempre peleando por conseguir un estacionamiento. Después de los lugares que ya habíamos visitado, Armenia no nos provocó mucho, y preferimos continuar el viaje al día siguiente y aprovechar los días. En un inicio trazamos la ruta Medellín-Eje Cafetero-Bogotá porque Don Peter de ahí regresaba a México; pero mientras estabamos en el Eje Cafetero lo convencimos de posponer su viajen dos semanas y cambiar su destino de salida: en ves de dejarlo en Bogotá lo haríamos hasta Quiro. ¡Nuestro viaje se alargaba! Pero también teníamos que hacer rendir los días.

Salimos de Armenia hacia Calarcá, donde sabíamos existe un mariposario ¡con forma de mariposa! que Elena no se quería perder. El lugar es hermoso: una reserva ecológica con muestras de flora de todo el país, pero que se especializaban en las especias de palmas. En Colombia existen muchos diferentes tipos de palmeras. Al final del recorrido por la reserva está el mariposario, un lugar hermosísimo donde estar en contacto directo con tan hermosos seres.

De Calarcá decidimos tomar rumbo un poco hacia el norte y conocer Salento, que parecía un hermoso pueblito montañés. Nada lejos de nuestras espectativas. Salento es un pueblo lindo, con gente hermosa, y muy tranquilo. En verdad vale la pena conocerlo, aunque bueno, al parecer también está incluido en las guías Lonely Planet, ya que ahí nos cruzamos con una concentración inusual de turismo gringo. Y aunque el lugar nos encantó, debíamos continuar hacia Bogotá. Tomamos rumbo hacia Ibagué, una ciudad entre la zona cafetera y la capital. Ahí pasamos sólo una noche. Aunque la ciudad está limpia y bien conservada, con un centro también bonito, no tiene mucho que ofrecer para los visitantes, ya que es una ciudad de muchos comerciantes.

Saliendo de Ibagué decidimos hacer un desvío, o más bien, una nueva ruta: en lugar de tomar directo hacia Bogotá, subiríamos hacia Honda para entrar a Bogotá por Guaduas. Al llegar a Honda le dimos una vuelta a la ciudad, pero también nos enteramos que el paso hacia Guaduas estaba cerrado, y que había que esperar varias horas antes de que lo abrieran de nuevo. Aunque Honda tiene bonitos edificios, no es un lugar propiamente bonito, y nos sentamos a esperar en un porque que pasara el tiempo. No estuvimos ahí una hora, cuando unas señoras nos advirtieron que un par de chicos nos observaban de manera muy sospechosa y que lo mejor era irnos de ahí. Con el susto aquel tomamos un taxi directo al coche y seguimos el rumbo: sería mejor continuar la espera en un lugar más seguro.

Después de esperar unas dos horas más en la carretera donde el paso estaba cerrado, por fin pudimos continuar hacia Bogotá. Alguien nos había dicho que Guaduas era bonito, que pasarmos a conocerlo, y como el tiempo se nos vino encima por el retraso carretero, debíamos pasar la noche en algún lugar antes de llegar a Bogotá. Que bueno escuchamos el consejo. Si lo que habíamos estado viendo era realmente fascinante, Guadas resultó ser la cereza del pastel. Es un pueblo realmente hermoso, muy colonial y conservado, pero que posee un espíritu antiguo que se respira en sus calles y en sus paredes. Es una ciudad blanca de tejas, con muy bonitos edificios y decoraciones. Sencillamente, un lugar para volver y nunca olvidar. Pero Santa Fe de Bogotá, antigua capital de la Nueva Granada nos espera.

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El Norte de Colombia: Cúcuta y Pamplona

Salimos de Venezuela bajo las mismas condiciones con la que entramos y con las que permanecimos tres meses en el país: de una incertidumbre jurídica/legal sobre el papeleo de la camioneta y el nuestro. Obviamente no queríamos “avisar” a las autoridades aduaneras que salíamos con la camioneta, no porque tuviera ningún problema, sino solamente por querernos evitar el trámite burocrático. Además, estaba el asunto de Gurú: era la priemra frotnera que con él cruzábamos y no sabíamos muy bien que iba a pasar. No teníamos sus papeles de vacunas “legalizados”, aunque él tiene todas sus vacunas. Además, hacer el trámite zoosanitario seguro era de morirse. No bastante con eso, sabíamos que debíamos pagar 76 bolívares cada uno por la visa de salida. Sobra decir que de dineros, nada, nada.
Así salimos de Venezuela: nos encaminamos a la frontera, el servidor de aduana nos hizo señal de “adelante” y ¡adiós Venezuela! Sin más trámite, estábamos ya cruzando el puente internacional sin haber sellado frontera, sin tener que dar razón no de Gurú ni del coche a nadie. Perfecto. La mitad estaba hecho; faltaba entrar a Colombia.
En Colombia estaban de fiesta, resulta que con nuestra suerte, llegamos el mero día de la Independencia y, obvio, era feriado. Por aduana no había que preocuparse ya que tendríamos que esperar hasta el día siguiente; por la camioneta no hubo problema. Faltaba el perro. Se quedó Elena afuera y entró Pedro a sellar migración. NIngún problema por no tener el sello de salida (el señor ni se percató). Entrada por 60 días. Era el turno de Elena. faltaba poco para cornar perfectamente el día de aduanas. Pero el funcionario que la atendió sí se percató que no tenía el sello de salida y… de reversa. A cruzar el puente y sella la salida de ella. Pagamos lo pertinente, recibimos el sello y sin ningún problema en Colombia la segunda vez. Ya estabamos los cuatro en un nuevo país.
De la frontera tomamos a Cúcuta. Debíamos pasar ahí la noche ya que ahí debíamos hacer el trámite de aduana para el coche. Búscado donde estacioanrnos, un buen samaritano se nos acercó y nos ofreció parquear fuera de su casa. Salvó la tarde. Cúcuta es bonita en su centro, auqnue como ciudad no tanto. Es caliente y con esa atmósfera no muy agradable de frontera. Al día siguiente hicimos los trámites en aduana: la cola de susto repleta de venezolanos, aunque fue relativamente rápido el papeleo. Como en Caratgena, no hubo que pagar nada por el trámite. Así, decidimos internarnos en el país: el lunes 25 debíamos estar en Medellín ya que esa misma semana llegaba el papá de Pedro de visita por unas semanas.
Nuestra siguiente escala fue Pamplona, pero antes de llegar tuvimos que lidiar con los retenes colombianos, donde nos pararon como cinco en un tramo de menos de 100 kilómetros. Colombia se nos presentaba pesado para recorrer en carretera; la costa no fue así, pero la serranía es otra historia. Pamplona es un hermoso pueblo en la montaña. Hace frío y tiene un ambiente bohemio universitario que nos encantó. Estuvimos ahí un par de noches, recorriendo y conociendo el lugar. Pero el tiempo apremiaba y debíamos continuar: nuestra siguiente parada era Medellín.

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La Guajira, el norte de América del Sur

La guajira Colombiana nos tenía varias sorpresas. Después de una vista selvática y llena de vida, la Guajira nos muestra un desierto. Pasamos por el último poblado grande: Río Hacha y recogimos un mapa. Ya habíamos investigado, pero siempre es mejor preguntar por las rutas. Esa noche la pasamos en Mayapo, una playa linda bastante cerca. A la mañana siguiente tomamos camino hacia Uribia, la capital indígena decía el mapa. La verdad es un pueblo bastante pequeño, pero nada en especial para ser la capital indígena como le hacían publicidad en el mapa de turismo. Nos fuimos a Manaure, pues sabíamos que había producción de sal. Pedro me dijo: “Ya que no conoces Guerrero Negro, debe ser bastante similar”. La verdad es que no. Bastante desalentador…
Tomamos de nuevo camino buscando algún lugar mágico y luego de preguntar bastante y que todos nos contestaran “derecho, derecho” y pasar casi ocho horas en el auto, llegamos a Cabo de Vela. Uno de los lugares más bellos que hemos visto. Nos recordaba mucho a Los Cabos en Baja California Sur. Un mar precioso, muy azul y a espaldas un desierto mágico. Nuestra intención era ir a Punta Gallina, pero al menos eran ocho horas más en camper, acompañados de un guía por un camino que decían era peor que el que habíamos recorrido.
Decidimos quedarnos en Cabo de Vela, un lugar lleno de indígenas, de gente amable, de artesanías, playas preciosas. ¿Qué más podíamos pedir? Nos alejamos hacia el faro y ahí nos gustó más. Estábamos en el punto dónde van todos los turistas por la mañana y de noche el desierto era sólo nuestro rodeados de un Caribe inimaginable.
Ahí pasamos algunos días, hasta que la semana santa nos alcanzó y decidimos partir. Nuestra anfitriona en Maracaibo ya nos esperaba, así que el viernes santo tomamos camino y si todo salía bien, esa misma noche dormiríamos en Venezuela.

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Taganga, una playa para viajeros y el camino a la Guajira.

Es una playa que queda justo al lado de Santa Martha. Tantas cosas bellas nos contaron de ella que no podíamos dejar de ir y bien hicimos. Estuvimos atrapados por diez días en uno de los lugares más bonitos que hemos conocido. Playas deliciosas para nadar. Muy intimas y llenas de magia. Hay una bahía que parece escondida a sólo diez minutos caminado: Playa Grande. Bello, bello.
En un principio Taganga debió ser una playa de pescadores, pero con todo el turismo Taganga nos recordó a Playa del Carmén o Puerto Escondido. Donde está la calle principal, peatonal por supuesto y alrededor de ella se han generado todo tipo de comercios. Los precios son un poco más elevados que en Santa Martha, pero los hostales eran realmente baratos. Había desde $5,000 pesos colombianos por persona, menos de tres dólares. Estuvimos atrapados en este pequeño pueblito que ya no queríamos dejar.
Muy cerca se encuentra el Parque Tayrona, teníamos la intención de ir, pero el costo de entrada era de $35,000 por persona. No estábamos seguros de querer pagar esa cantidad y además ¿qué haríamos con la camper?. Al llegar a Los Naranjos buscamos donde pasar la noche. En la entrada decía campamento Emmanuel. Asumimos que era un campamento y sí lo era, pero cristiano. No hubiera habido ningún problema, si no hubiéramos regresado de la playa y mientras caía la noche y nosotros meditábamos sobre el parque Tayrona, cuando uno de los encargados nos dijo que nos debíamos ir, que ya no podíamos seguir ahí. Le propusimos nos dejara pasar la noche y a la mañana siguiente al amanecer nos iríamos, pero el joven quería cobrarnos veinte mil por noche. Así, en medio de la noche salimos y nos estacionamos en el primer lugar que sentimos seguro. Al lado de la carretera.
Al día siguiente, temprano, retomamos la carretera. Nuestra dirección era la Guajira, en el mero norte de Colombia, pero justo antes de llegar hicimos una parada en el Parque Nacional de los Flamencos. En Celestún, Mérida (México) no tuvimos oportunidad de ver ese rosado espectáculo, y no quisimos volver a perdernos esa oportunidad. El pueblito de entrada se llama Perico; también se puede entrar por Camarones, pero esa entrada es más turística y por ende, los servicios ahí son más caros. Un guía nos cobro $15,000 pesos colombianos para guiarnos al lugar donde los veríamos… Vaya sorpresa que nos llevamos cuando llegamos al lugar indicado y no se veía mas que una franja rosada en el horizonte. Nos acercamos más caminando descalzos por el desierto, y logramos pillar a unos cinco o seis de estos hermosos pájaros mientras buscaban su comida en el lecho de la laguna. Sí que son animales realmente bellos.
Ya nos faltaba poco para dejar Colombia, sólo faltaba la Guajira Colombiana. El punto más al norte del continente.

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Santa Marta, tumba del Libertador Simón Bolivar

Al llegar a Barranquilla uno siente de nuevo el aire de una gran ciudad: es la tercera del país después de Bogotá y Medellín. Sin una plaza central y siendo una ciudad tan grande, decidimos sólo pasar y arreglar ciertos detalles mecánicos: engrasamos la camioneta y rellenamos los niveles del diferencial, transmisión y motor.
Comimos una de las mejores comidas y seguimos hacia Santa Marta. En Santa Marta pasamos algunos días, nos gustó mucho su malecón lleno de gente, sus calles coloniales y las limonadas de carrito. Con las elevadas temperaturas, beber limonadas de 500 o mil se volvió casi adictivo.
A pesar de que no encontrábamos la oficina de turismo, cuando por fin lo hicimos, nos fuimos más seguros de nuestro destino. En la Sierra Nevada de Santa Martaa hay una ciudad perdida. Las fotos de este lugar se ven increíbles, varias terrazas en lo alto de la montaña. Es una lástima que conocerlas sólo sea posible con guía en una agencia, el cual, el costo mínimo es de 200 dólares por persona. El viaje tomaba al menos seis días. Nos acercamos al poblado más accesible: Minca, pero eso fue después de conocer la Quinta San Pedro Alejandrino, lugar donde murió el libertador Simón Bolívar después de haber renunciado a la presidencia de la Gran Colombia, sumido en una gran angustia. Un lugar muy hermoso, digno de conocerse.
Al dejar la hacienda, nos dirigimos a Minca, el punto más accesible de la Sierra. Un pequeño pueblo muy bello de gente amable. Estuvimos dos días, pero nos encanto y es de esos lugares que guardas en el corazón. Una noche que salimos a cenar, conocimos un lugar muy íntimo de gente linda. Una pareja de Bogotá nos ayudo a esclarecer nuestras concepción sobre Colombia. Una plática deliciosa entre crepas y café.

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Caño dulce, una noche en la carretera

Realmente llegamos por qué la noche nos agarró en la carretera y lo que menos queríamos era tener algún percance, así que llegamos y nos estacionamos en el mejor lugar que vimos. Parecía estar vacío.
A los pocos minutos, un grupo de aldeanos se nos acercaron y nos invitaron a estar más cerca de ellos. Nuestro mal trago con Cartagena, ahora era mucha amabilidad en Caño Dulce.
En la mañana conocimos la playa, una pequeña bahía de pescadores, llena de palapas o ranchitos para los turistas. Obviamente en martes, ese paraíso era sólo nuestro.
Seguimos nuestro camino hacia Barranquilla.
**En Colombia sí hay peajes o casetas, en general, la mayoría nos cobraron 7200 y están cada 70 km.; sumado el costo de la gasolina (9000 pesos por galón, como 5 dólares por poco menos de cuatro litros de gasolina) más el de los peajes, Colombia resulta ser el país más caro para rodar un automóvil.

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Cartagena, una ciudad amurallada

Cuando salimos de la Ciudad de México hicimos una aproximación del tiempo que tardaríamos en llegar al Cono Sur, decíamos que Centroamérica lo cruzaríamos en dos meses. Ahora todos sabemos que eso no es posible, bueno, sí, hasta en dos semanas, pero no hacemos ese tipo de turismo. Cuando cruzamos Guatemala casi corriendo y bajamos hasta Costa Rica, ahí nos quedamos casi cuatro meses. Luego Panamá, en un mes lo cruzamos y ya, ¡aja! En cuanto nos enteramos del Carnaval nos quedamos dos semanas más.
Llegar a Cartagena implicó toda una odisea de una hora de vuelo, tres horas y media en lancha, doce horas en bus. En Montería pasamos casi seis horas esperando la corrida de la madrugada para llegar en la mañana a Cartagena. Había más corridas, pero no queríamos llegar a Cartagena de noche sin conocer la ciudad, así que decidimos que lo mejor era dormir en el camión y llegar frescos. Lástima que pasamos tanto frío en el camión, el aire acondicionado fue algo que no consideramos…
Al llegar a la central de autobuses tomamos un bus/camión hacia la ciudad amurallada. Nos costó 1600 pesos colombianos (más o menos un dólar) en teoría tenía aire acondicionado, pues en Cartagena el calor es algo digno de hacer mención. Ni aire y mucho tráfico, terrible el camino. Cargados de nuestras maletas investigamos Cartagena. Era algo que hacíamos por primera vez en este viaje. Cargar nuestro equipaje y buscar alojamiento. En Cartagena hay varios puntos de información turística y junto con los consejos recibidos, fuimos hacia la calle media luna en Getsemani, justo afuera de la ciudad amurallada, pero los precios son mucho más económicos. Las primeras noches las pasamos en un hostal de quince mil pesos por persona (siete u ocho dólares). Habitación privada, internet wi-fi, televisión, ventilador o abanico. Todo muy bien, sólo había que compartir el baño. La verdad yo fui la que insistió en que nos mudáramos a un hostal con baño privado. Nuestra luna de miel lo merecía.
Cambiamos de hostal a uno con las misma características y con baño privado, por sólo 33 mil por ambos. Realmente la diferencia era mínima. El único problema era que el internet no llegaba a nuestra habitación, pero teníamos una terraza desde la cual se veía toda la vida en Cartagena. Por la noches es cuando hay más actividad, en general por las mañanas hace MUCHO calor, así que sólo los más aventurados salen.
Durante algunos días no tuvimos noticias reales de la camioneta. Qué aún no salía la carga, que el barco iba a tardar más, finalmente el lunes hablamos y nos dijeron que ya había llegado, pero que faltaban unos papeles. Nos comunicamos con nuestro agente en Panamá y el martes hicimos todo el papeleo. Aquí les dejo el enlace a nuestra guía para cruzar un vehículo de Panamá a Colombia.
El jueves de esa semana ya tuvimos con nosotros la camioneta. Así que el viernes era nuestra primera noche en nuestra amada camper.
Cartagena tiene varios lugares para entretenerse: El Castillo de San Felipe, caminar por la muralla, ir a los varios museos, como el de arte moderno, el histórico (los últimos domingos del mes, la entrada es gratuita) y el del oro. Muchas plazas, un pasillo donde venden dulces típicos, arepas con queso, chicha de avena. Todo un deleite para los sentidos. Elena en su blog (blog.lucirfashion.com) tiene un paseo por Cartagena.
El viernes nos pegamos la fiesta con varios amigos que habíamos conocido en Panamá. Así que no dormimos propiamente en la camper por la noche. Al día siguiente, los vecinos de la Isla de Manga, el lugar donde nos estacionamos, sacaron sus traumas burgueses y nos corrieron. No podíamos pasar ahí la noche, simplemente porque ahí no era camping. Así nos despedían los cartaginenses…
El lunes compramos el seguro vehicular por un mes y ese mismo día salimos de Cartagena rumbo al norte.

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Cruzar un vehículo (y personas) de Panamá a Colombia

Este artículo pretende ser una pequeña guía sobre como cruzar un vehículo entre Panamá y Colombia para superar el famoso Tapón del Darién. Desgraciadamente, no existe una manera estandarizada para realizarlo, ya que no existen carreteras ni ningún tipo de ferris que pudiera hacer la empresa más sencilla. Así pues, sólo nos quedan las opciones marítima y aérea, pero esta última es muy costosa, por lo que la única opción asequible es enviarla en un carguero.
Aquí nos referiremos a la dirección que nosotros tomamos, que es de Panamá a Colombia, pero para hacer la dirección inversa son exactamente los mismos pasos (pero al inverso).
¿Cómo puedo enviar mi vehículo entre Panamá y Colombia?
Las opciones son dos: Enviarlo como carga suelta, o RoRo, o dentro de un contenedor. Además, dentro de un contenedor puede enviarlo junto con otro vehículo (compartiendo contenedor) o sólo, aunque representa más gastos.
¿Cuánto cuesta?
El servicio RoRo cuesta aprox. $45 USD por metro cúbico, para calcular la cotización multiplique la altura del vehículo, por su ancho y por su largo, esa cantidad multiplíquela por $45 y al total agregue $200 por otros cargos, más los costos portuarios en Colombia (aprox. $110 USD).
El servicio de contenedor, compartiendo con otro vehículo, cuesta aprox. $760 USD por vehículo, incluyendo los gastos en Colombia.
¿Qué debo saber de mi vehículo para embarcarlo?
Básicamente lo más importante son las medidas, ya que un contenedor de 40 pies “Hi Cube” (que es el estandarizado) mide en su Altura: 2.58 metros, Largo: 12.10 metros y Ancho 2.20 metros. Es así que si tu vehículo es o más ancho o más alto que esto, no cabrá en el contenedor, y sólo te queda la opción RoRo.
Como experiencia, nuestro vehículo mide de alto 2.65 metros, por lo que tuvimos que desinflarle las llantas para que ¡apenas entrara!
¿Dónde puedo conseguir a alguien interesado en compartir un contenedor?
A nosotros nos ayudó muchísimo este foro, donde la gente publica anuncios para compartir contenedores y donde usted también puede publicar el suyo (en inglés).
Pasos para embarcar el vehículo:
1) Contactar a un agente, que es la persona que realizará la cotización y todos los trámites por usted (y es obligatorio). Recomendamos ampliamente a Boris Jaramillo, agente con el que realizamos nuestro embarque y los costos que referimos aquí también son los que él nos cotizó, que fueron los más económicos que encontramos después de consultar 13 navieras
2) Una vez acordada la fecha de embarque, el agente debe entregarle el borrador del Bill of Landing, o BL, que es el documento de embarque del contenedor.
3) Con el BL debe ir a la Policía Nacional para solicitar el permiso para sacar el vehículo del país. Aquí se debe presentar con original y dos copias de los siguientes documentos: BL, título de propiedad del vehículo, pasaporte y sello de inmigración al entrar al país. Este paso es lento: debe llegar a las oficinas a las 8 am. para solicitar una inspección que se realizará después de las 10 am. Si todo sale bien, debe esperar a las 2 pm. para que le entreguen el permiso de salida (que sólo es válido por ocho días). Este trámite no tiene ningún costo.
4) Con el permiso de salida de la Policía Nacional debe contactar de nuevo a su agente para pagar la factura. En Panamá sólo debe pagar aprox. $650 USD por vehículo, el resto ($110 USD) los pagará en Colombia.
5) Ya liquidado el envío, debe ir, junto con su agente, a las oficinas del puerto para que le den los permisos necesarios, para de ahí pasar a la entrada del puerto, donde la unidad canina antinarcóticos revisará su equipo antes de finalmente colocarlo en el contenedor. Después de la revisión canina usted entrega sus llaves al personal del puerto, quienes se encargarán de acomodar y resguardar su vehículo dentro del contenedor.
Y eso es todo en Panamá… Pero llegando a Colombia:
1) Una vez en Cartagena, debe ir a recoger su vehículo antes de que pasen tres días desde que llegó su contenedor, ya que de lo contrario le cobrarán adicionalmente el almacenaje del mismo por día. Es decir, si su contenedor llegó un domingo, usted tiene hasta el martes para retirarlo sin cargo adicional.
2) Debe ir a las oficinas de su naviera (Marfret en nuestro caso) para que le entreguen el BL original, con el cual podrá retirar su vehículo del puerto. Aquí debe pagar $35 USD.
3) Con el BL debe presentarse en las oficinas de Aduanas (DIAN) para solicitar una inspección de los vehículos. Esto debe ser realizado antes de las 10 am. ya que las inspecciones se realizan a las 2 pm. Sin costo.
4) Debe ir a su puerto a las 2 pm. para la revisión del vehículo; si todo está bien el inspector dará el visto bueno y usted debe regresar a las oficinas del DIAN a retirar el Permiso de Importación Temporal de Vehículos. Sin costo.
5) Con este permiso debe regresar a las oficinas del puerto a liquidar los gastos generados (uso de puerto) por $58 USD. Aquí le entregarán los permisos finales para retirar el vehículo.
6) Con el permiso final, regresar al puerto a retirar el vehículo.
Nota: También debe comprar un seguro para su vehículo. La aseguradora más económica que encontramos es La Previsora, aprox. 60 USD por tres meses.
Muy bien, su vehículo ya está programado para embarcar y ya sabe qué debe hacer en Colombia.
¿Cómo cruzar personas de Panamá a Colombia?
Hay tres opciones: en velero, un vuelo directo, o la vía económica.
Velero: Esta opción es la más turística y bonita, ya que conocerá las Islas de San Blas, casa de los Kunas. Tarda 5 días e incluye alimentos y alojamiento. Existen varias opciones, pero la más económica que encontramos es www.thedariengapster.com donde cobran sólo $279 USD por persona (las otras cobran entre $400 y $500).
Vuelo Directo: Esta es la opción más segura y evita muchos enredos. Cuesta aprox. $340 USD el vuelo directo de la Ciudad de Panamá a Cartagena con Copa Airlines.
Vía “Terrestre”: Esta es la opción más económica, pero también la más enredosa. Hay que tomar un vuelo de una hora de la Ciudad de Panamá a Puerto Obaldía ($91 USD por Air Panamá, Origen: Panama Albrook), en este poblado fronterizo se hace la salida del país. Aquí se toma una lancha de 30 min. a Capurganá, primer poblado en Colombia; costo: $15 USD. En Capurganá se debe pasar la noche, ya que la lancha a Turbo (primera ciudad con acceso a carreteras) sale a las 7 am. En Casa Verde puede encontrar alojamiento por $5 USD. La lancha de Capurganá a Turbo dura tres horas y cuesta 50,000 pesos colombianos (1 dólar = 1,850 pesos colombianos). En Turbo ya hay buses, aunque todavía estamos lejos de Cartagena. Primero hay que tomar un bus de 5 horas a Montería, que cuesta, regateando mucho, $25,000 pesos. De Montería hay que tomar otro bus, de 6 horas, a Cartagena, por $35,000 pesos. Total aprox.: $170 USD por persona
¡Y listo, ya ha llegado a Cartagena y ya puede recoger su vehículo en el puerto!
Espero que esta guía les sea de utilidad. Como siempre, estamos abiertos a responder cualquier duda que tengas.

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