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Una comunidad indígena y una playa de encanto

Por cosas del destino y la necesidad de una lavadora conocimos a un paisano, de Tijuana el vato. Ese día nos contó de Boruca y nos encanto la idea de conocerla, así que si ese día era lunes, el viernes temprano estaríamos saliendo hacia allá. No contábamos con las lluvias más fuertes que, si ya de por sí, Costa rica tiene fama de “las peores carreteras de Centro América, bueno, con las lluvias, no había pasó. Días después tuvimos que dejar la casa de Alejandro, quien nos había estado hospedando y una vez más Cricket nos ofreció su casa. Ahí vivían él, Marcel de Alemania, Silvan, Roman y Stefan de Francia, y la casa era el puro cotorreo. Nos mudamos a vivir a San Pedro, el barrio estudiantil de San José, a unas cuantas cuadras de la Universidad de Costa Rica. La vida universitaria nos complace mucho y la UCR es linda, linda.

Junto con los integrantes de la casa “Triple P” finalmente  viajamos  a Boruca, una comunidad indígena al sur de Costa Rica que hasta el día de hoy conservan parte de sus antiguos territorios precolombinos. Con Cricket, Román y Ales,  un vasco, partimos para Boruca el viernes 12 de Noviembre. El camino estuvo bueno se cruza un bosque lluvioso y todo el tiempo se va por las montañas, después los interminables campos de siembra de piña. Todo alrededor era piñas.  Buenos Aires es el pueblo de referencia antes de llegar a Boruca, y ahí nos armamos de lo indispensable. Salimos para tomar lo que creíamos el último tramo del camino, sólo para darnos cuenta que el dichoso camino ni siquiera era terracería, “brecha” es piropo. Llegado a un punto del camino, éste era de puro lodo, y cuando digo puro lodo, me refiero a que estuve a punto de perder la chancla un par de veces cuando se me hundía el pie en el “camino”. Intentamos cruzar la camioneta… y fallamos. Era el atascamiento del siglo: ni para atrás ni para adelante; nos intentan jalar y nada. Salimos por donde entramos de milagro y parecía que no lo lograríamos. Pero no decayó el ánimo, agarramos “vuelito” y nos lanzamos… al fin lo logramos.  El camino siguió siendo un poco más de lo mismo, pero nada como ese mega atascamiento de más de dos horas, y llegamos por fin al pueblo.

La gente de Boruca o bruncas tiene todos los rasgos indígenas: piel morena, ojos profundos, estatura media-baja. Su pueblo es maravilloso, enclavado en las montañas; toda la gente es artesana, hacen unas máscaras talladas en madera y después las pintan de colores, dándole vida a máscaras que representan personajes o muchas de paisajes costarricenses, ya saben, el clásico tucán de colores, precioso trabajo. Toda la vida del pueblo, que son sus artesanía, gira alrededor de estas máscaras, las cuales surgen de su fiesta tradicional: del 30 de Diciembre al 2 de Enero el pueblo realiza “La Fiesta de los Diablitos”. Esta fiesta es su historia: en ella se representa el arribo de los españoles, representados en un toro; la conquista que realiza en estas tierras y la posterior rebelión de los bruncas. Los primeros dos días los varones del pueblo están enmascarados como diablos, y se da el arribo del toro, que va matando uno a uno a cada diablito hasta que mata al último de ellos, que siempre será el diablo mayor, el más anciano. Después de consumada la “conquista”, llegan las “mujeres”  de pueblo y reviven a todos los diablitos(en realidad sólo participan de este rito los hombres, que vestidos de mujeres las representan) ; en este momento comienza la persecución del toro, que dura los últimos dos días, y culmina con su captura e incineración. Toda la fiesta, está acompañada de la tradicional chicha, bebida fermentada de maíz, que nos hizo recordar un poco nuestro amado pulque.

En Boruca nos recibieron Silvia y Naty, dos trabajadoras sociales de la UCR que llevaban un proyecto en la comunidad. La verdad es que conocimos más el pueblo de noche que de día, pues en el día conocimos cascadas, fosas y árboles enormes. Todos los días hacíamos caminata y descubríamos como Costa Rica sí es pura vida.

Después del fin de semana en Boruca partimos con dos integrantes ticas más hacia Uvita. Hay un camino corto y uno largo, tomamos el largo, pues el de hora y media estaba inundado, así que después de cuatro horas de viaje y dos perdidas en una atascada de la camper, por fin ya estábamos en Uvita.

 

Después de una noche acompañados de una vista inigualable y en compañía inmejorable, partimos hacia San José con el propósito de laborar para ahorrar el pasaje en barco de la camper de Panamá a Colombia, pero decidimos al final irnos a la playa por dos razones: si habríamos de trabajar, que fuera en el lugar más agradable posible (obvio, la playa), además, el cumpleaños de Elena estaba muy cerca y ella no quería estar en la ciudad, lo que definió nuestro destino: Puerto Viejo de Talamanca, Provincia de Limón. Nos contaron que ahí hay mucho turismo, además de estar en el Caribe y ser un lugar hermoso; queda a una hora y media de Limón, donde ya habíamos estado, además de ser casi frontera con Panamá, nuestro siguiente destino, por lo que todo pintó para hacer de ese lugar un lugar idóneo para cumplir nuestros objetivos. El rumbo para las siguientes semanas estaba tomado.

 

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