De fiesta en la selva

Llegamos apenas hace dos días de la Selva.

Para las personas como yo, que creen en la energía, cada tierra tiene la propia y así se muestra en sus habitantes. Por ejemplo, Colombia se nos hace tierra caliente. No importa que pase en el mundo, en Colombia siempre hay conflictos, hay salsa, hay rumba, siempre hay algo. Basta con leer a García Márquez y además de guerras civiles los amores son pasionales e intensos.

Así también es la selva, tanto verde, tanta agua, tanto calor afecta a sus habitantes y visitantes.

Conformamos el grupo siendo ocho, un par de músicos españoles, una pareja de franceses y una pareja más de argetina-peru. El trayecto fue muy bello, ver como cambia es paisaje en cosa de minutos. Verde y ríos por todos lados. Nos detuvimos en un mirador para tomar algunas fotos. Por los arreglos de la carretera hicimos hasta ese tramo unas cuatro horas. Proseguimos el camino siendo intermitente la selva con pueblos carreteros.¿Se han fijado que al no tener plaza cívica, la carretera se vuelve el espacio para las caminatas y paseos al atardecer?

Paramos en Moyobamba pues moríamos de hambre. En el primer restaurante que vimos nos sentamos y aunque pedimos un plato bien servido, nuestras demandas no fueron escuchadas y si bien la comida no es cara en Perú, por el precio que pagamos y el largo viaje emprendido merecíamos mejor comida.

Casi al anochecer llegamos a Tarapoto, después de diez horas de carretera. Estábamos más que muertos. Pedro y yo preguntamos a la policía por algún lugar seguro y su respuesta fue:

“Aquí donde lo dejes va a amanecer sin llantas” ¡Vaya aliento!

La comunidad europea consiguió un hotel y nosotros junto con nuestros adoptados salimos de la ciudad para buscar un claro en la montaña que fuera más seguro.

La mañana siguiente fue un infierno. El calor era agobiante. Poco antes de mediodía se soltó una tormenta que por varios minutos retraso nuestra cita con el grupo. Tomamos unos jugos en el mercado que si bien manejan diferentes precios según el preparado, tomar un combinado (varias frutas) por un sol (aprox. cinco pesos mexicanos) es la gloria.

En Tarapoto la energía que se percibe es de ciudad, siempre estarán los que quieren aprovecharse del turismo, pero en Tarapoto todo va de prisa y siempre hay ruido de las famosas moto-taxi que abundan. Al ser tan cara la gasolina, uno de los vehículos que toma mayor protagonismo es la motocicleta. La carrera en general cuesta dos soles.

Mientras caí el chubasco buscábamos donde almorzar. La ducha nos había llevado tiempo y en Perú es muy estricto el horario. De doce a tres. Después de esa hora es casi imposible encontrar un menú, como llaman a la comida corrida.

Al día siguiente era mi cumpleaños y el ánimo de todos era de quedarnos en casa. Celebrando cumpleaños, deseos y sueños cumplidos fuimos por una botella de ron: ¡Flor de Caña! Nuestra preferida. En Nicaragua es muy barata y hasta nos llevamos nuestra botella de recuerdo. En esta ocasión debió ser de las más complicadas compras. La cajera de mala actitud sólo pasó una vez la tarjeta y en cada país tenemos que pasarla con diferentes consignas, por ejemplo, en todo Colombia debíamos decir que como tarjeta de crédito, pues sino, no la pasaba. Intentamos pagar con un billete de diez dólares y la misma señorita nos dijo que hay que cuidar los billetes, que ya estaba doblado. ¡Tremenda cabeza cuadrada! Fue un ir y venir en busca de un billete mejor cuidado… al final terminamos sacando del cajero. Ahí empezó oficialmente el festejo.

La botella duró poco, salió una de vino tinto y seguimos de fiesta hasta el amanecer. Al día siguiente queríamos ir a las Cataratas de XXXXX, así que tampoco queríamos ir en vivo. Nos quedamos enfrente del hotel. Preguntamos a los vecinos y nos dijeron que no debía haber problema. Aún así no podíamos evitar cada determinado tiempo ir a darle sus vueltas…

A la mañana siguiente, después de nuestro tradicional jugo combinado y las compras de la comida fuimos hacia las cataratas. Quedan aproximadamente a veinte minutos y el costo es de tres soles por persona. Nos dejaron entrar con Gurú y eso fue un gran alivio.

Cuando llegamos estaba bastante dominguero, pero poco a poco nos quedamos solos y parecía que todo esa magnitud de naturaleza era para sólo nosotros. La caída no es muy alta, pero se ve que es la segunda salida de una cascada mayor.

Ahí estuvimos hasta que nos dio hambre y Ronu nos preparó la deliciosa pasta del día. El atardecer, la flauta y el djembe se armonizaba en un cumpleaños que duraría hasta la siguiente semana.

Al regresar a Tarapoto nos encontramos con otros chicos. Habían tomado ayahuasca y estábamos muy interesados en sus percepciones. Nosotros la hemos tomado en varias ocasiones, aunque aún no tenemos la fortuna de probarla en su tierra.

Entre encontrarse con paisanos y la efusividad terminamos haciendo la fiesta de nuevo. esta vez no había planes para el día siguiente así que nos seguimos de largo. Silvain e Iván pensaban salir rumbo hacia Yurimaguas a las ocho de la mañana, pero aún había fiesta y terminaron saliendo hasta después del mediodía.

Nosotros descansamos un poco y sólo recargamos batería para una noche de fiesta. Nos habían hablado mucho de la fiesta en Tarapoto y no queríamos perderla, además de que moría por bailar toda la noche.

El grupo se hacía más grande entre más días pasaban. Se sumaron Matías, un viajero y Cristián, un Tarapotense al cuál le explicamos nuestros requerimientos: NO COVER. Nos llevó a Morales, pues allá es la zona de bares, que sería los suburbios de Tarapoto o un pueblo que estaba antes de llegar que al crecer tanto la ciudad ya es uno mismo, casi.

Por tonterías del destino, Ronu, quien no habla bien español, pero habla mucho y se da a entender conocía al de seguridad del bar. Nos hizo pasas a la zona VIP, que como muchas otras, de VIP no tiene mucho más que unos sillones en mejor estado. Fue chistoso, al final terminamos pagando 80 soles por una botella que valía 20… como en todos los antros… Eso sí, bailamos mucho.

Aplicando el famoso lema de “Nunca nos vamos a ir” ya nos pasaban la mopa y el trapeador, pues éramos los últimos. Mientras unos salíamos para apresurar a los necios, de pronto todos nos subimos a los moto-taxi y sin decir mucho se armó una carrera hasta el hotel. Nuestro taxista era intrépido y se volaba los topes. El de Martín y Chuzwy se nos acercaba peligrosamente y nuestro chofer vaya usted a saber que ruta tomó que de repente aparecimos en la plaza cívica. Todo muy rápido y sí, muy divertido.

Al llegar al hotel estabamos muertos. Yo dormí casi todo el día. Sólo en algunas ocasiones desperté y más que nada para comer, pues como dice Gwan: “Si hay mucha fiesta, debe haber mucha comida para que el cuerpo lo resista”

A la mañana siguiente más nos quedaban pendientes que otra cosa. Intercambiar fotos y música con Chuzwy y Astur que ese día partía a Yurimaguas. Ayudar a Gwan y Ronu con su cámara, así como con algunas compras que tenían que hacer. Yo muy suertudota, hasta un bolso me regalaron. Está de lo más lindo. Además, el estampado es shipibo, de una comunidad nativa del Amazonas.

Sentíamos que ya era demasiado de todo. Les digo que la selva es un lugar intenso. Así que esa misma noche Pedro, Gurú y yo regresamos a las cataratas para pasar la última noche, ya sin los ruidos de los moto-taxi ni el estrés de la ciudad.

Aún nos esperaba un largo camino de vuelta a Chachapoyas

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