Bogotá

Y por fin llegamos a Bogotá. La capital de Colombia es una ciudad grande: desde la carretera nos tomó 40 minutos dejar la zona urbana metropolitana y entrar propiamente a la ciudad. Posee grandes edificios, enormes centros comerciales y vías de comunicación de primera. Definitivamente nos encontramos frente a toda una metrópolis que nos terminó atrapando casi una semana.

Llegamos y localizamos un bonito hotel a unas cuantas cuadras del centro, lo que nos facilitaba conocer la zona centro de la ciudad. La Plaza Central es algo espectacular: rodeada por la Catedral al Este, el Palacio de Gobierno al Oeste, la Asamblea Nacional al Norte y el Palacio de Justicia al Sur. Su arquitectura es exquisita y endulza la vista. Justo detrás de la Asamblea Nacional se encuentra el Poder Ejecutivo, por lo que si se ve la ciudad en perspectiva, de Sur a Norte, uno ve el recinto del Ejecutivo seguido por el Legislativo y culminando con el Judicial más al Norte; una hermosa disposición. En definitiva, el centro de Bogotá es uno de los más bellos que hemos visto incluido México.

Visitamos también la Finca Simón Bolivar, que fue el lugar donde se hospedaba el Libertador en sus visitas a esta ciudad, una hermosa y pequeña finca en lo que en su tiempo fueron las afueras de la ciudad, pero a la que se puede llegar caminando desde el mismo centro en menos de media hora. Ahí mismo está el teleférico y funicular que suben al Cerro de Monserrate. El pasea es lindo, y mientras nos vamos elevando en las alturas Bogotá toma forma en toda su extensión bajo nuestros pies. En el Cerro de Monserrate se encuantra una linda iglesia que domina desde las alturas todo el valle. Ahí disfrutamos de un rico té de coca que hasta Don Peter probó. No hay mejor cura para el mal de las alturas.

Desde Bogotá hay un tren turístico que hace el recorrido hasta Zipaquirá, donde se encuentra la famosa catedral de sal. Pedro nunca había viajado en tren, por lo que no pudimos dejar esta oportunidad. El tren es lindo, lindo. Lo viejo se olía hasta en sus remaches, pero bastante cuidado y limpio. La locomotora era una hermosura a carbón, como en los viejos tren de los gusanos metálicos. La travesía es hermosa, cruzando la campiña de Cundinamarca, zigzagueando las curvas de los majestuosos Andes.

La Catedral de Sal es un espectáculo: esculpida directamente en las rocas de piedra de lo que solían ser túneles mineros de excavación del mineral, el trabajo artesanal es realmente notable. Y no solo por estar esculpida debajo de la tierra, sino por su gran extensión. Además de representar el Viacrucis, posee una nave principal enorme y dos naves secundarias a cada uno de sus lados nada desdeñables. Las columnas esculpidas en la roca son dignas de asombro. El viaje de regreso a Bogotá fue igualmente lindo, tomamos un bus que nos dejó en Cajicá donde comimos mientras esperábamos el tren de regreso. En definitiva, un viaje que vale mucho la pena.

Bogogtá en definitiva nos gustó; por nosotros nos hubiésemos quedado más días, pero el tiempo de Don Peter estaba contado y había que seguir hacia el Sur. Aún nos falta conocer la formidable Cali antes de poder entrar a Ecuador.

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