Monthly Archives: August 2011

Otavalo, pueblo de artesanos

La primera ocasión que estuvimos en Otavalo íbamos con Don Pedro y sólo la visitamos por unas horas. De hecho pasamos a almorzar. Fue la primera vez, también, que probamos la típica comida ecuatoriana. Recibimos por dos dólares un plato bien servido con carne de cerdo -parecida a la carne que en México conocemos como “carnitas”-, mote-lo que en México se conoce como maíz pozolero, ensalada y más variedades de maíz, uno de nuestros preferidos el maíz tostado, que es el grano asado con un poco de sal. Un plato lleno de maíz en diferentes presentaciones.

En esa ocasión sólo paseamos por el mercado artesanal. Sabíamos que tendríamos que volver, otros viajeros nos habían hablado muy bien de Otavalo y eso se percibe.

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La segunda ocasión que estuvimos ahí fue en el siguiente fin de semana que Don Pedro volvió a México. Habíamos pedido asilo en couch surfing y la persona que nos respondió nos aceptó, pero hasta el lunes, así que aprovechamos la ocasión para dormir junto al lago XXXX. Encontramos la mejor locación, justo al lado y el amanecer fue tranquilo y muy al natural.

 

Ya antes habíamos pasado al pueblo y después otra vez. Es el pueblo de los artesanos por excelencia, pues hay miles de tiendas que ofrecen material y productos. Si vas como turista es aconsejable que antes de comprar a un artesano te fijes si en la tienda lo tiene, cuando es reventa se nota y no hay necesidad de pagar más, no cuando tienes al mayorista ahí. Nosotros compramos un “recuerdito”, la verdad el artesano nos la supo vender y caímos redonditos, seis dólares después de regatear por algo que en la tienda de la esquina vimos en cuatro = /, ni modo.

Después cuando buscamos material de artesanía en Quito fue más complicado encontrar, aunque lo logramos en el puesto 98 del mercado artesanal, pero sólo tuvimos un pequeño puesto donde elegir, en lugar de haberlo hecho en Otavalo, donde teníamos mucha más variedad y oferta.

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La entrada a Ecuador

Salimos de Colombia por Ipiales y cruzamos el Puente Internacional Rumichaca para entrar en Ecuador. ¡Tanto nos han hablado de sus bellos paisajes y lugares! El proceso de Migración fue ágil y sin demasiadas preguntas; aduanas otro tanto: un juego de las fotocopias reglamentarias (propiedad del vehículo, licencia, pasaporte y sello de entrada de migración) y unas cuantas preguntas. Nos encanta que no cuesten estos trámites. No deberían costar.

Ya en Ecuador, el primer poblado, el fronterizo, es Tulcan. A diferencia de la inmensa mayoría de zonas fronterizas, que son feas, mala vibra y lo único que uno desea es salir de ahí, Tulcán es un bonito pueblo colonial que históricamente ha sido la frontera entre la Nueva Granada y la Audiencia de Quito. El cementerio es un lugar digno de conocer: son puros nichos, no tumbas, en elegantes edificaciones rodeados de hermosos jardines bellamente arreglados y arbustos podados con la figura de diversos animales, signos y símbolos propios del país.

De Tulcán tomamos la Panamericana hasta Ibarra donde pasamos nuestra primera noche en Ecuador. Este lugar es ya una ciudad propiamente dicha, pero en definitiva no ha perdido el encanto ni el espíritu. Su centro es muy bonito y agradable de recorrer caminando. Sus calles empedradas hacen lento el tránsito vehicular y aumenta la seguridad de los peatones. Tiene varios jardines rodeados por construcciones hermosas y conventos o iglesias. Además, en las cercanías de Ibarra se encuentran varios lagos andinos con su hermosa vista: el páramo, el viento frío pero suave, el agua cristalina reposando tranquila rodeada de un verdor que le debe la vida.

Salimos de Ibarra con rumbo fijo hacia Quito, pero no sin antes detenernos en Otavalo, un bello pueblo indígena y artesanal. El pueblo es bonito, pero el real atractivo del lugar es su marcado de artesanías: es un tianguis ubicado en la segunda mayor plaza, donde la gente, en su mayoría indígena, vende sus productos: pantalones, faldas, blusas, camisas, calcetas, gorros, bufandas y diversidad de productos textiles. También venden productos textiles de lana de llama, que es suave, caliente y muy agradable al tacto.

Cerca de Otavalo se encuentra la laguna de Cotocachi, y decidimos pasar ahí una noche. La laguna está en la cima de una pequeña montaña, en una depresión que pareciera un cráter de lo que alguna vez fue un volcán activo; sin embargo, no es más que una depresión producto del relieve entre las montañas. La laguna es hermosa y cuentan que era sagrada. Sin duda alguna, el paisaje y su locación lo hacen sentir a uno cerca del cielo.

Salimos de Otavalo y continuamos la Panamericana hacia el sur, hacia Quito, esa ciudad hermosa heredera de tanta historia.

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Mitad del mundo

Al alejarnos de Otavalo, sabíamos que la mitad del mundo estaba cerca y decidimos buscarla de camino. Fue un poco complicado, pues los anuncios no eran claros y la información que la gente nos daba nos hacían dudar, pero finalmente llegamos a la mitad del mundo y lo celebramos con algunas fotos =)

Después, ya viviendo en Quito nos enteramos que hay todo un parque temático al respecto, al cual no fuimos, pues ya nos pareció demasiado turístico.

 

 

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El sur de Colombia

Cada día Colombia se nos hacía más grande. Todos nos decían de lugares impredibles, de lugares maravillosos, pero ya había un tiempo determinado. Para fines de agosto teníamos que estar en Quito, así que no perdimos más tiempo.

De Bogotá salimos un martes muy temprano y después de trece horas de camino cruzando el páramo y quemar un poco de frenos, nos detuvimos en Buga. Yo quería pasar pues la Basílica del Señor de los Milagros me llamaba mucho la atención.

Buscamos un restaurante y conseguimos hotel. Lo siguiente era buscar un bar para ver el partido de México – Brasil. El juego estuvo bastante entretenido. Hemos conocido ya varios lugares en los que los bares/cafeterías cuentan con pequeñas salas y cada una con una pantalla. Nosotros disfrutamos el lugar, con todo y que el café no resultó tan bueno como en otros lugares.

Al salir del partido le dimos una vuelta al poblado, en nuestra caminata conocimos a Catalina, dueña de un restaurante casi enfrente de la Basílica. Nos contó el fervor con el que es visitado, un poco de la leyenda y de la vida tranquila en Buga. Es un centro religioso y universitario, lo cual le da un aire muy tranquilo a la ciudad.

A la mañana siguiente conocimos la Basilica del Señor de los Milagros y la Catedral de San Pedro. No podíamos pasar a conocer los atractivos de la zona, pues esa noche debíamos dormir en Cali, así que tomamos camino, una vez más.

A Cali llegamos casi de noche. Muchas veces el centro de las ciudades no es el mejor lugar para buscar hospedaje. Todo depende de la ciudad. Encontramos un hotel, que si bien no fue de lo más económico, era muy lindo. Estábamos hambrientos y fuimos en búsqueda de un lugar para comer. Tuvimos que ir del otro lado de la avenida principal. Ahí encontramos unas pizzas de horno para saciar el hambre.

En Cali la gente es MUY amable y servicial. Se nota que es una de las ciudades más visitadas, no podemos olvidar que oficialmente la Capital de la Salsa es Cali. Había mucho eventos alrededor de ello, el festival de música, así como mucha música afroantillana.

A la mañana siguiente dimos un pequeño recorrido por la ciudad y nos dirigimos a Popayán. Nos hubiera gustado quedarnos más o ir a bailar y conocer la rumba de Cali, pero a mí me dolía la rodilla, supongo que de tantas horas en coche…Ya volveremos Cali.

Casi al llegar a Popayán, la camioneta empezó a perder fuerza. No sabíamos que pasaba, preguntamos por un mecánico. Creíamos que estaba ahogada. Pásamos toda la tarde en el taller. Justo enfrente había un pequeño hotel. Nos turnabamos para ir a conocer, mientras también nos enterábamos de lo que sucedía con Xochipilli. Al día siguiente, Xochipilli estaba peor, ya ni siquiera prendía. Fuimos con otro especialista y después de mucho, el problema había sido el mofle.

Conocimos poco de Popayán, Pedro le tenía muchas ganas, pues es una ciudad muy histórica. Fue una ciudad muy importante en la época de la Colonia.

Cuando la camioneta estuvo lista, ya teníamos un día de retraso, así que había que continuar. Llegamos a Pasto y sólo pasamos esa noche y otro pequeño recorrido al centro. Queríamos cruzar frontera ese mismo día, pero queríamos conocer el Santuario de las Lajas.

Cuenta la historia que una indígena caminaba con su pequeña hija sordomuda y mientras se guarecían en una cueva, la niña dijo: “Mami, la mestiza me llama” La Mestiza era la advocacion de la Virgen y ese se le considera su primer milagro. El Santuario es impresionante a lo lejos y aún más a lo cerca. Es una construcción tipo medieval, con grandes torres y columnas. Los angeles adornan el exterior y en cada vitral de la Iglesia se representa a la virgen, ya sea como la Virgen de Fátima o como la Virgen de Guadalupe.

Salimos de ahí dispuestos a regresar a Colombia, a seguir conociendo, pero ya de vuelta. Tenemos una meta a la que hay que llegar.

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Bogotá

Y por fin llegamos a Bogotá. La capital de Colombia es una ciudad grande: desde la carretera nos tomó 40 minutos dejar la zona urbana metropolitana y entrar propiamente a la ciudad. Posee grandes edificios, enormes centros comerciales y vías de comunicación de primera. Definitivamente nos encontramos frente a toda una metrópolis que nos terminó atrapando casi una semana.

Llegamos y localizamos un bonito hotel a unas cuantas cuadras del centro, lo que nos facilitaba conocer la zona centro de la ciudad. La Plaza Central es algo espectacular: rodeada por la Catedral al Este, el Palacio de Gobierno al Oeste, la Asamblea Nacional al Norte y el Palacio de Justicia al Sur. Su arquitectura es exquisita y endulza la vista. Justo detrás de la Asamblea Nacional se encuentra el Poder Ejecutivo, por lo que si se ve la ciudad en perspectiva, de Sur a Norte, uno ve el recinto del Ejecutivo seguido por el Legislativo y culminando con el Judicial más al Norte; una hermosa disposición. En definitiva, el centro de Bogotá es uno de los más bellos que hemos visto incluido México.

Visitamos también la Finca Simón Bolivar, que fue el lugar donde se hospedaba el Libertador en sus visitas a esta ciudad, una hermosa y pequeña finca en lo que en su tiempo fueron las afueras de la ciudad, pero a la que se puede llegar caminando desde el mismo centro en menos de media hora. Ahí mismo está el teleférico y funicular que suben al Cerro de Monserrate. El pasea es lindo, y mientras nos vamos elevando en las alturas Bogotá toma forma en toda su extensión bajo nuestros pies. En el Cerro de Monserrate se encuantra una linda iglesia que domina desde las alturas todo el valle. Ahí disfrutamos de un rico té de coca que hasta Don Peter probó. No hay mejor cura para el mal de las alturas.

Desde Bogotá hay un tren turístico que hace el recorrido hasta Zipaquirá, donde se encuentra la famosa catedral de sal. Pedro nunca había viajado en tren, por lo que no pudimos dejar esta oportunidad. El tren es lindo, lindo. Lo viejo se olía hasta en sus remaches, pero bastante cuidado y limpio. La locomotora era una hermosura a carbón, como en los viejos tren de los gusanos metálicos. La travesía es hermosa, cruzando la campiña de Cundinamarca, zigzagueando las curvas de los majestuosos Andes.

La Catedral de Sal es un espectáculo: esculpida directamente en las rocas de piedra de lo que solían ser túneles mineros de excavación del mineral, el trabajo artesanal es realmente notable. Y no solo por estar esculpida debajo de la tierra, sino por su gran extensión. Además de representar el Viacrucis, posee una nave principal enorme y dos naves secundarias a cada uno de sus lados nada desdeñables. Las columnas esculpidas en la roca son dignas de asombro. El viaje de regreso a Bogotá fue igualmente lindo, tomamos un bus que nos dejó en Cajicá donde comimos mientras esperábamos el tren de regreso. En definitiva, un viaje que vale mucho la pena.

Bogogtá en definitiva nos gustó; por nosotros nos hubiésemos quedado más días, pero el tiempo de Don Peter estaba contado y había que seguir hacia el Sur. Aún nos falta conocer la formidable Cali antes de poder entrar a Ecuador.

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El Eje Cafetero

Después de los hermosos días en Medellín, nos dirigimos hacia Manizales para visitar el famoso Eje Cafetero, que lo constituyen el eje entre las ciudades de Manizales, Pereira y Armenia, junto con las zonas aledañas. De esta región del país es de donde proviene uno de los mejores cafés del mundo, llena de fincas cafeteras.

Manizales es una bonita ciudad enclavada en las montañas, “la fábrica de atardeceres” según Pablo Neruda. Después de un viaje largo desde Medellín, llegamos a Manizales ya de noche y con algunas advertencias sobre su inseguridad de por medio. Como siempre, uno de nuestros mayores problemas en Colombia es el estacionamiento, ya que no es fácil encontrar un lugar seguro donde dejar el auto y de donde tampoco te quite los vecinos o la policía. Dejamos el auto y nos hospedamos en un hotel bonito a unas cuantas cuadras del centro.

Al día siguiente salimos a conocer la ciudad: su catedral neo gótica es muy impresionante, a los tres nos fascinó. Su plaza central también es muy bonita, con una estatua muy moderna de Bolívar a caballo. A diferencia de Venezuela, donde todas las plazas centrales son la Plaza Bolívar, y donde, además, siempre hay una estatua o un busto de estilo clásico del Libertador, en Colombia, ahí donde hay estatuas suyas hay estilos muy variados. Nos gusta la variedad.

La ciudad nos estaba encantando, y al calor del Mundial de Futbol no faltaban pretextos para sentarnos a tomar una cerveza y disfrutar de los partidos. Al segundo día fuimos a una zona elevada de la ciudad. Llegamos caminando, y aunque no es muy retirado la subida era empinadísima; al final, valió la pena, ya que gozamos de una de las vistas más asombrosas de la ciudad: la valles enfrente de nosotros y la ciudad detrás, majestuosa, en la cima serrana, rozando las nubes.

Después de dos noches en Manizales tomamos rumbo a Pereira. Esta ciudad es más pequeña y un tanto más acogedora que nos atrapó por dos días también. Tiene una muy bonita calle peatonal llena de comercios y de buenos precios. Colombia se distingue por su buena industria textil, por lo que fuimos a conocer algunas tiendas, y fue tanta la tentación, que Don Peter se compró varias camisas. Su costo oscilaba entre los 25,000 y 35,000 pesos colombianos, algo así como 13 y 18 dólares. No estaba nada mal.

Después de Pereira seguimos hacia Armenia, pero decidimos no seguir por la vía principal, sino más bien tomar alguna vía más panorámica. A medio camino tomamos una desviación no prevista hacia Filandia. Que afortunada decisión. Este pueblito de encanto es realmente mágico: no son más que unas cuantas caudras alrededor de una plaza principal muy bonita y ricamente colonial. No estaba muy conservada, aunque tampoco se veía mal; más bien le daba un aire de autenticidad, de que no estábamos en un lugar arreglado ex profeso para atraer visitantes, sino en un lugar que simplemente es hermoso. Además, su paisaje no podía ser mejor: en medio de las montañas, bañado por la bruma vespertina y salpicado de pequeñas colinas por doquier. A las afueras de Filandia hay un mirador, una estructura de madera de unos 6 pisos de alto: si con visitar el centro nos habíamos encantado, desde el mirador el enamoramiento fue inevitable. En particular a Don Peter le pareció un lugar de ensueño.

Siguiendo esa ruto cruzamos por otro poblado lindo, Quimbaya. Este lugar es más poblado, y aunque tal vez aún no podría tener el estatus propio de una ciudad, tampoco es un pueblito provinciano. Es un lugar bonito donde aprovechamos para comer algo y continuar camino hasta Armenia.

Armenia no es tan atrayente como Manizales o Pereira. Es una ciudad un tanto descuidada y sucia, lo que le da una apariencia fea. Ahí nos hospedamos en un hotelito a las afueras de la ciudad, siempre peleando por conseguir un estacionamiento. Después de los lugares que ya habíamos visitado, Armenia no nos provocó mucho, y preferimos continuar el viaje al día siguiente y aprovechar los días. En un inicio trazamos la ruta Medellín-Eje Cafetero-Bogotá porque Don Peter de ahí regresaba a México; pero mientras estabamos en el Eje Cafetero lo convencimos de posponer su viajen dos semanas y cambiar su destino de salida: en ves de dejarlo en Bogotá lo haríamos hasta Quiro. ¡Nuestro viaje se alargaba! Pero también teníamos que hacer rendir los días.

Salimos de Armenia hacia Calarcá, donde sabíamos existe un mariposario ¡con forma de mariposa! que Elena no se quería perder. El lugar es hermoso: una reserva ecológica con muestras de flora de todo el país, pero que se especializaban en las especias de palmas. En Colombia existen muchos diferentes tipos de palmeras. Al final del recorrido por la reserva está el mariposario, un lugar hermosísimo donde estar en contacto directo con tan hermosos seres.

De Calarcá decidimos tomar rumbo un poco hacia el norte y conocer Salento, que parecía un hermoso pueblito montañés. Nada lejos de nuestras espectativas. Salento es un pueblo lindo, con gente hermosa, y muy tranquilo. En verdad vale la pena conocerlo, aunque bueno, al parecer también está incluido en las guías Lonely Planet, ya que ahí nos cruzamos con una concentración inusual de turismo gringo. Y aunque el lugar nos encantó, debíamos continuar hacia Bogotá. Tomamos rumbo hacia Ibagué, una ciudad entre la zona cafetera y la capital. Ahí pasamos sólo una noche. Aunque la ciudad está limpia y bien conservada, con un centro también bonito, no tiene mucho que ofrecer para los visitantes, ya que es una ciudad de muchos comerciantes.

Saliendo de Ibagué decidimos hacer un desvío, o más bien, una nueva ruta: en lugar de tomar directo hacia Bogotá, subiríamos hacia Honda para entrar a Bogotá por Guaduas. Al llegar a Honda le dimos una vuelta a la ciudad, pero también nos enteramos que el paso hacia Guaduas estaba cerrado, y que había que esperar varias horas antes de que lo abrieran de nuevo. Aunque Honda tiene bonitos edificios, no es un lugar propiamente bonito, y nos sentamos a esperar en un porque que pasara el tiempo. No estuvimos ahí una hora, cuando unas señoras nos advirtieron que un par de chicos nos observaban de manera muy sospechosa y que lo mejor era irnos de ahí. Con el susto aquel tomamos un taxi directo al coche y seguimos el rumbo: sería mejor continuar la espera en un lugar más seguro.

Después de esperar unas dos horas más en la carretera donde el paso estaba cerrado, por fin pudimos continuar hacia Bogotá. Alguien nos había dicho que Guaduas era bonito, que pasarmos a conocerlo, y como el tiempo se nos vino encima por el retraso carretero, debíamos pasar la noche en algún lugar antes de llegar a Bogotá. Que bueno escuchamos el consejo. Si lo que habíamos estado viendo era realmente fascinante, Guadas resultó ser la cereza del pastel. Es un pueblo realmente hermoso, muy colonial y conservado, pero que posee un espíritu antiguo que se respira en sus calles y en sus paredes. Es una ciudad blanca de tejas, con muy bonitos edificios y decoraciones. Sencillamente, un lugar para volver y nunca olvidar. Pero Santa Fe de Bogotá, antigua capital de la Nueva Granada nos espera.

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Medellín encantador

Planeamos llegar a Medellín para Colombiamoda. Quería conocer y cubrir el evento. Al principio no conseguíamos donde quedarnos, pero finalmente una pareja nos recibió en su apartamento.

 

Desde que llegamos nos atendieron increíble: Baño, cena, cervezas, ¿qué más podíamos pedir? Ah, claro, en la unidad hay alberca. ¡Por fin piscina!

Nos contaron que para el Colombiamoda la ciudad se paraliza y así continúa durante varias semanas, pues Colombiamoda es el evento con el que se inicia la feria de las flores, la cual es una de las más importantes del país. Además empezaba el mundial de futbol de la sub20. Los paisas, así se les conoce a los habitantes de Antioquia y parte del Eje Cafetero, durante casi un mes estaban de fiesta.

De martes a jueves estuve absorta en Colombiamoda, mientras, Pedro turisteaba por la ciudad. El viernes recibíamos una visita: su papá. Estábamos muy emocionados por su visita. Compramos boletos para ver el partido de México – Argentina y sólo esperábamos su llegada para el viernes. Todo había cuadrado.

El viernes fuimos por él. Le contamos de  Angie y Marcel, nuestros anfitriones, que eran de lo más bacanos. Los hoteles estaban llenos, pues ese mismo viernes, además del partido se inauguraba la Fiesta de las Flores.

La Fiesta tiene una programación con la cual no te aburrirás, además de que gente de todos lados llega a la ciudad. Muchos se quedan desde el Colombiamoda. Hay gente que arrienda, incluso por un mes.

Fuimos al partido, a comer “Comida mexicana” y a ponernos al día después de un año de no estar juntos.

El sábado habíamos planeado ir a Santa Fe de Antioquia, un pequeño pueblo a  poco tiempo de Medellín. Nos recordó mucho a Tepozotlan. Calles empedradas, pequeñas iglesias, aire de pueblo. Ahí probamos la famosa bandeja paisa, la cual era el alimento de los lugareños. Un plato bastante sobrado y delicioso. Pedro logró terminar con su plato, todo un logro, la verdad.

Teníamos que hacer algunas compras y en eso enfocamos gran parte de la semana. Ver provedores, materiales, precios… Al final creemos que conseguimos una buena opción.

También conocimos el Museo de Antioquia y cuando estuvieron abiertas, muchas de las iglesias de la ciudad. El martes decidimos que debíamos continuar el viaje, sobretodo si queríamos que Don Pedro conociera todo lo posible. Así, el miércoles continuamos el camino al Eje Cafetero.

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