La Cervezada: la mejor fiesta.

Hemos tenido la oportunidad de ser participes de magnos eventos: desde conciertos gratis donde regalan los cigarros, pasando por presentaciones masivas en el zócalo del Distrito Federal, hasta grandes raves donde todo tipo de diversiones abundan. Pero nada como la Cervezada de San Cristóbal.

En lugar de organizar una graduación “típica” en algún salón o jardín, con un menú de tres tiempos y servicio de meseros donde cada invitado debe llevar su botella de alcohol, además de pagar cantidades estratosféricas por persona, en San Cristóbal cada graduado lleva al menos 50 cajas de cervezas para sus invitados. Uno debe estar ahí para comprenderlo: en un terreno enorme que cede el ayuntamiento se colocan carpas, cada carpa es ocupada por dos graduados,  donde en hieleras gigantes, de esas que se usan para vender las cervezas en los conciertos masivos, colocan “sixs” de cervezas hasta que se desbordan. Todo es gratis, todo abunda, absolutamente nadie dirá nada porque tomes una cerveza de sus hieleras, o un six entero.

No bien llegamos a la entrada del evento nos pedían una pulsera, la invitación. Gisell, nuestra amiga, tenía sólo una y había que conseguir las nuestras. A la entrada las vendían, ya saben, de esos revendedores que acaparan lo que sea para después vendérnoslo a precios irrisorios. Obviamente no pagaríamos por algo que además sabíamos que era gratis, pero entre tanta no encontrábamos a los amigos para más invitaciones. Al final la solución fue sencilla: con una pulsera entramos los tres de uno por uno, nos la quitábamos y se la pasamos por la reja al siguiente hasta que estuvimos todos adentro.

Había estado lloviendo, la fiesta empieza desde las dos y nosotros, eran las cinco y apenas estábamos llegando. Por un momento pensamos que tal vez adentro no había tanta fiesta. Ya ahí todo lucía un caos: el terreno encharcado, la gente enfiestada, rascada, como dicen por acá, y algunos en calidad bulto. Que impresión. Buscamos a los amigos de Gisell, alguna cara amiga que pudiera invitarnos una cerveza. Mientras los localizábamos, llegamos al escenario donde se presentaban grupos locales en un escenario por demás muy bien montado. Nos encuentra Gisell y tiene una cerveza en la mano que le han regalado; aún no encontrábamos a los “buenos”, aquellos que nos dejarían departir con ellos (además de tomarnos sus cervezas). No bien caminamos un poco, compartiendo la única cerveza que teníamos entre los tres, nos encontramos a una amiga: “¿Cómo se la están pasando?”, nos preguntó. “Muy bien, aunque apenas estamos llegando”, respondimos. “¡Ah! ¿Apenas llegan?” y no bien terminó sus palabras me arrebató la cerveza. Si sólo eso bastaba para sentirme ofendido, el hecho de que la tomara para vertérmela encima fue el acabose. ¡Cómo se atrevía a desperdiciar la cerveza! Desapareció entre la gente y regresó de inmediato no con una cerveza, sino con tres. Tremendo milagro: una cerveza la convirtió en tres. Para estos momentos ya nos estábamos enamorando de tremenda rumba.

Caminamos un poco más y nos encontramos con los tan anhelados amigos de Gisell: nos ofrecieron carta abierta para tomar las cervezas de sus hieleras y empezamos a fiestear en serio: ya la gente estaba borracha, aventando la cerveza para arriba, encima y a donde fuera. Una locura como nunca habíamos visto. Cervezas por todos lados: por cada cerveza ingerida, una, dos o tres eran vertidas encima de la gente. Y las hieleras nomás no perdían su nivel: siempre estaban llenas. Llegó un momento donde ya estábamos empapados, tomé tres cervezas y al mismo tiempo las vacié en mi boca. No importaba que se me derramaran por la playera, tampoco que las desperdiciara, había para aventar al cielo. Una cerveza, dos cervezas, una en la playera, otra en la cabeza, la quinta la zarandeé como matraca, la sexta pa’ miguelito, ¿cuántas van? Qué importa. Una y otra y otra más. Literalmente estábamos bañados en cerveza, nosotros y todos los demás. ¿Qué no te quieres mojar? ¡Directo a la hielera por sangrón! ¿Haces la lucha por evitarlo? Mientras seis o siete personas te obligan, dos o tres te derraman encima más y más cerveza, para que no digas que no. ¡Vaya, que fiesta!

No vayan a creer que era la degeneración: todo en ambiente familiar. Así como estábamos todos los chavos, o chamos, como se dice aquí, también compartían el momento los papás, tíos, primos e incluso una que otra abuela. De hecho, para tal acontecimiento, el graduado lleva su playera o franela con la carrera de la que se gradúa y todos sus amigos y familiares llevan una playera similar con el letrero “Mi sobrino es ingeniero” El ambiente totalmente familiar, la fiesta totalmente en paz… ¡La mejor fiesta en la que hemos estado jamás! Cerveza gratis, concierto gratis, ambiente a toda madre.

Aún cuando pintaba la hora de irnos porque el evento terminaba, todo mundo recolectaba las cervezas que habían sobrado… ¡Sí! Sobraron cervezas. Más de 2000 personas no fuimos suficientes para acabar con aquél festín de cebada y teníamos que continuar en otro lado; no fue suficiente tomarlas al por mayor, aventarlas a la gente o bañar a la persona de alado, simplemente eran tantas cervezas que nos fue humanamente imposible acabar con todas. Esta gente de San Cristóbal sí que sabe cómo organizar una fiesta y pasarla bien. La Cervezada es un evento digno de exportarse, un evento de clase mundial.

 

 

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