Reflexiones sobre el Bicentenario

¿Qué es ser mexicano, latinoamericano? Hoy nos insisten incansablemente sobre nuestra mexicanidad, bombo y platillo han contratado para conmemorarla y celebrarla, ¿pero qué es lo que celebramos? Celebramos, dicen, un grito dado en el pueblo de Dolores que inaugura un movimiento que no termina sino once años después con la consumación de la independencia de la Nueva España de su Metrópoli. ¿Existía México antes de 1810? No. ¿Existió después? Lo dudo.
‘México’ no es más que un nombre propio que designa un concepto que engloba particularidades específicas, que hacen de aquello que se nombra algo único. ¿Cuáles son esas especificidades de lo mexicano? Definitivamente es algo mucho más profundo que la delimitación geográfica entre los ríos Hondo, Usumacinta y Suchiate, con el Rio Bravo; dicho espacio geográfico no es más que una  invención muy nueva, de apenas el siglo pasado. México no es, definitivamente, su territorio.
¿Es México sus tradiciones? Entendida como una excelente gastronomía, coloridas fiestas y días de asueto es desvirtuarlo de su verdadero contenido. Más que sus tradiciones, ¿es México sus culturas? Aquí entramos en complicaciones, ya que México no es una nación de una única cultura, sino que es un conglomerado de muchas, muchísimas. En mi país se reconocen 64 lenguas, ¡64! ¿Dónde terminan las fronteras de cada una de las civilizaciones mayas con las olmecas, totonacas, purépechas, huicholes, etc., etc., etc.?  Tales fronteras se nos desvanecen en la historia y la geografía. México es pues un conglomerado de muchas culturas, civilizaciones, sometidas y reunidas durante 300 años por una metrópoli. Así, al igual que los pueblos latinoamericanos, la nación que surge en 1821, sí, 1821 y no 1810, no es una cultura originaria de América; tampoco es una cultura colombina, ya que entusiasmadamente celebra su independencia. ¿Qué es lo que queda da las naciones latinoamericanas después de 1821? Los estragos en el pueblo que no supo cómo quedó después de dejar un modus vivendi que no le pertenecía, pero al cual ya se había acostumbrado después de 300 años. Entonces, ¿qué celebramos los mexicanos?
Año con año, y con mayor entusiasmo en 2010, celebramos una idea, celebramos el imaginario de libertad e independencia. Históricamente, de manera concreta, celebramos el inicio del sacudimiento del yugo de la metrópoli, de aquella potencia que nos asumía como suyos y siervos, con la bandera de la corona sobre nuestras cabezas. Celebramos que España sale de América, por eso la llamamos América Latina y no América Española (como ellos lo desearían), así como un medio de distanciamiento de los sajones norteños. Pero, ¿qué quedó después de la partida española? Difícilmente podríamos afirmar que queda un continente libre y emancipado, como tanto se nos quiere hacer creer. Más bien quedó un continente devastado, junto con las civilizaciones y culturas que lo conformaban, y a la merced de nuestro aventajado vecino del norte que irónicamente fue el ejemplo mundial a seguir, pero que terminó siendo nuestra propia némesis: ni tres décadas se sucedieron de la emancipación latinoamericana cuando el ejército verde de los gringos marchó por las capitales de distintos países americanos, como tristemente lo sabemos en México, Panamá, Honduras, Nicaragua, etc.; con el único propósito de tomar el lugar de poder abandonado por una España vieja que nunca quiso reinventarse.  En 1821 no ganamos nuestra libertad, sólo cambiamos de dueño; y hasta la fecha. Entonces, ¿qué celebramos en 2010?
Celebramos, pues, la posibilidad de ser libres. Una posibilidad que históricamente hemos creído real, que incluso hemos palpado, pero que jamás, nunca, hemos concretizado. Y aunque esta posibilidad de ninguna manera representa una victoria, tampoco es una derrota; es más bien un recordatorio histórico de que si una vez fue posible, puede volver a serlo.
¿Qué significa para mí el 2010? Un recordatorio único de que el movimiento de independencia, iniciado por seis valientes y seguidos originalmente por sólo un puñado de hombres, es factible; una independencia que 200 años después no se concretiza, no es real, sin embrago permanece presente, posible. Este pequeño conglomerado de voluntades dieron origen al movimiento emancipatorio americano, movimiento que aún está lejos de consumarse, pero que se hace presente con todo su ardor en nuestros corazones. Así, recordando a nuestros próceres, sólo me falta decir: ¡MANOS A LA OBRA!

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