Monthly Archives: September 2010

Corto trayecto por Guatemala

Cruzando la frontera con Guatemala, en Melchor Ocampo, y dejando atrás la aduana beliceña nos toco lidiar con la aduana guatemalteca. Primero tuvimos que fumigar la camioneta que nos costó 18 quetzales (27 pesos), y pagar 20 quetzales cada uno por nuestra entrada al país (30 pesos) y otros 40 quetzales por la camioneta (60 pesos). No nos pareció tan caro después de haber pagado en Belice, pero cuando cruzamos el puente que conecta la aduana con el país, el municipio nos cobró otros 50 quetzales por cruzar; en ese momento ya nos sentimos un poco asaltados. Un chico que nos ofrecía cambiar nuestros dólares beliceños por quetzales nos sugirió quitar nuestra bandera, ya que a raíz de la matanza en Tamaulipas los mexicanos no somo queridos en Guatemala ni en Centroamérica, pero decidimos continuar con nuestra bandera hondeando.

De ahí nos enfilamos hacia Tikal, “la capital del mundo maya”. La entrada al parque es cara: para guatemaltecos sólo es de 25 quetzales, pero para los extranjeros es de 150 (215 pesos). En Guatemala, como México, todo se arregla “con unos quetzalitos” y conseguimos que nos introdujeran de contrabando por 100 quetzales (tampoco fue tan barato $150 pesos). Tikal, al ser un centro tan importante y espectacular, merece un post aparte; aquí sólo agregaré que habiendo salido del parque intentamos pasar la noche en el estacionamiento, ya que con el costo de la entrada nos quedamos con casi nada de dinero, ya saben uno que asume que centroamérica es bien barato (mal concepto). Pero como a las nueve de la noche llegaron los guardias y nos pidieron que nos fueramos. Teníamos miedo de emprender camino a esa hora, ya que en Guatemala nos han dicho que es peligroso andar en carretera por la noche, así que sólo salimos del parque y nos estacionamos en el primer lugar que pudimos, a unos 20 metros de la entrada, y ahí pasamos la noche.

Al amanecer, emprendimos camino hacia Flores, una ciudad-isla en medio del lago Petén Itza. Flores es un lugar sumamente lindo, es una pequeña isla que recorres caminando en 20 minutos, es encantadora: se respira el ambiente colonial en cada una de sus esquinas. Si bien es una ciudad turística(aquí puedes encontrar en los cafés y bares conexión para tu lap con enchufe europeo), ya que es un lugar obligado cuando se va a visitar Tikal, eso no demerita su belleza ni su magia. En el malecón, que circunda toda la isla, hay numerosos muellecitos donde puedes meterte a nadar. Aunque ahí vivimos las secuelas de la tormeta Matthew y estuvo nublado y con lluvias, eso no nos impidió para que disfrutaramos un baño refrescante. Flores nos gustó tanto que pasamos dos noches ahí, y decidimos que en algún momento regresaremos a vivir una temporada más larga en esa bella isla. Pero no en este viaje, y volvimos a tomar camino.

Nuestro siguiente destino fue Poptún. Llegamos de noche, y al averiguar donde podíamos pasar la noche estacionados, nos sugierieron que no entráramos a la ciudad, ya que no es muy segura, por lo que pasamos la noche estacionados en una gasolinera. A la mañana, entramos al poblado. Poptún es un pueblo-tianguis(parecido a la central de abastos): todo está lleno de comercios y puestos en la calle, se nota que la ciudad es el proveedor comercial de la región. Pero honestamente no es bonito ni tiene nada particular que visitar. Eso sí, disfrutamos de una comida y un delicioso licuado de fresa por 33 quetzales. Rápidamente volvimos a la carretera y termianmos de cruzar el Petén. Desde Poptún hasta Morales los paisajes son hermosos: es un valle donde los cerros parecen que brotan de la tierra. No hay una cadena montañosa, sino que los cerros, altos y esbeltos, como las pirámides de Tikal, están por todos lados, como vigilantes del territorio y parecen estar pintados de azul. Es una vista espectacular. Y junto con ellos, también vimos árboles enormes y viejos, como ninguno que hayamos podido contemplar en el viaje.
Llegados a un punto, y debido a las lluvias de la tormenta, la carretera se encontraba inundada y el paso se hizo imposible. Nuestra camioneta tuvo que ser jalada por otra para poder cruzar este tramo; el favor no fue gratis, y pagamos 30 quetzales (45 pesos) por el cruce. Desde ahí el trayecto fue sin más contratiempos hasta Puerto Barrios. Visitamos esta ciudad costera ya que es la puerta al Atlántico de Guatemala. Ingenuamente pensamos que sería un puerto grande, una ciudad con riqueza y que valdría la pena visitar. Creíamos que íbamos a conocer su Veracruz y bueno lo conocimos, pero Puerto Barrios es feo feo, tanto, que decidimos no pasar ahí la noche e intentar buscar una locación en su ciduad vecina Santo Tomás de Castilla. Para cuando llegamos, ya se hacía de noche y encontrar un lugar donde amancer se convirtió en apuro. Investigando sus calles, llegamos a la zona aduanera del puerto: había oficinas de gobierno y de empresas de importación- exportación. Decidimos estacionarnos en un lugar y preguntar si no había problema en que pasáramos ahí la noche. Unas personas nos dijeron que no habría problema, pero que debíamos avisar a los de seguridad. Al final, y ya que el inspector no se encontraba, nos ofrecieron pasar la noche en el estacionamiento de uno de los establecimientos particulares de la zona, bajo la condición de que quitáramos la bandera. Fue triste tenerla que quitar, y más cuando sabemos que la razón es producto de una incompetencia de nuestro gobierno, pero no nos quedó más que aceptarlo.

A la mañana siguiente quisimos explorar un poco la zona, pero desgraciadamente no había nada que conocer. Esa zona de Guatemala es fea, y sólo fuimos pues queríamos ver si conseguíamos ir a Livingston por un precio accesible. También queríamos cruzar a Honduras y conocer San Pedro Sula y su costa atlántica, pero el puente se vino abajo y el único punto de cruce era por Esquipulas. Nos enfilamos hacia allá, haciendo parada para pasar la noche en Chiquimula. Este es un pueblito bonito, aunque de paso. Su plaza central es bella y tiene colegios separados para señoritas y varones. En este momento, y debido al gasto de gasolina que implicaba vovler a subir a la costa hondureña, decidimos dejar esa parte para otro momento, tal vez de regreso. Nuestro siguiente punto fue, entonces, El Salvador, donde un conocido ya nos esperaba. Antes de dejar Guatemala visitamos Esquipulas, donde se encuentra la Basílica del Cristo Negro. Esta es una construcción bastante magnánima, como nada de lo que habíamos visto desde Mérida. Esta Basílica es un centro de peregrinaje importante de la zona, ya que vienen visitantes de todo el país, de Honduras y de El Salvador. Esquipulas vale la pena definitivamente.

Llegamos a la frontera norte de Guatemala con El Salvador, donde pensamos que habría que volver a pagar por salir de Guate y entrar al Salvador. Nuestra sorpresa fue que debido a acuerdos migratorios que tienen los países centroamericanos el sello de Guatemala es válido en Honduras, El Salvador y Nicaragua, por lo que afortunadamente no tuvimos que volver a pagar. Cruzamos el puente fronterizo y dejamos atrás la bella Guatemala y nos internamos en El Salvador.

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Belice, país por explorar

A solo unos minutos de la Ciudad de Chetumal se encuentra la famosa zona libre o Sta. Elena. Es famosa pues encuentras todo tipo de fayuca: ropa, electrodomésticos, zapatos, cámaras, vinos y un sin fin de productos que tanto incluyen piratería de ciertas marcas como marcas fabricadas en China, la ventaja es que como zona libre no hay que pagar los impuestos, solo el precio del producto. Es parecido a Tepito y puedes encontrar productos desde un dólar; sin duda es una buena opción si te encuentras al sur de México. Eso sí, si piensas comprar vinos lo mejor es hacerlo en tiendas tipo duty free, no vaya a ser que compres una bebida adulterada y como decimos en México, te salga más caro el caldo que las albóndigas. Mientras estábamos de shooping, uno de los vendedores nos dijo que el 20 en la noche celebraban la fiesta de Independencia, ¡vaya coincidencia!

Además de esta zona de compras, existen casinos. Si ya estás en Sta. Elena, pasa a los casinos. Nosotros siempre apartamos una pequeña cantidad para ir a divertirnos con las máquinas ya que si estás jugando te sirven bebidas gratis, y en cuanto se nos acaba nos vamos contentos, pues ya bebimos y jugamos con la suerte.

El primer cruce de frontera se encuentra a unos pasos, ahí tardamos un poco y con el calor que hacía, lo sentimos más. Además de mostrar nuestro pasaporte por la camper tuvimos que enseñar todos los papeles. No podíamos llevar ni cervezas, gaseosas, carnes ni cítricos; ahí se quedaron mis naranjas y limones… Por la camper no nos cobraron nada, pero como buenos influenciados en la tradición sajona, tuvimos que pagar un seguro obligatorio de 29 dólares por la semana.

La verdad a mí siempre me pone nerviosa cruzar fronteras; no me siento cómoda en la revisión con los agentes aduaneros que siempre tienen esa mirada inquisitiva. Eso sí, con todo y su mirada y que hablan poco español son muy amables. Al primer lugar que llegamos fue Corazal, un poblado cerca del muelle que lucía muy calmado con hermosas casas de madera, nuevamente de influencia sajona. Me encantó que alrededor del muelle tienen parques para que la gente disfrute de la maravillosa posibilidad de tener al mar (o en este caso la laguna) cerca de casa. Estos parques además de contar con espacios para picnic, juegos para niños, también cuentan con numerosas entradas para nadar, así como resbaladillas. Ahí solo pasamos un pequeño tiempo, pero nos encantó su tranquilidad y buena vibra.

Seguimos por la carretera hacía al sur, en un principio habíamos pensado pasar la noche en Orange Walk, pero con todo y que tenían para la celebración una feria; decidimos seguir hacia el sur hasta su ciudad más grande, Belice City. Durante el trayecto recibimos muchos comentarios de que Belize City es peligroso, así que nosotros preferimos por la hora pasar la noche en las afueras de Ladyville. Una familia muy agradable nos prestó su jardín para pasar la noche.

Al día siguiente en cuanto despertamos nos dirigimos a Belize City. Desde que llegas notas el aire citadino del lugar. Al igual que Corazal, el muelle tiene espacio para la gente, aquí ya se puede notar la presencia de la raza negra en todo lugar. Teníamos pensado ir a San Pedro, pero entre que los horarios no nos quedaban y que forzosamente teníamos que regresar a Belize City a “cuidar” la camper, preferimos dejarlo para otra ocasión. Así, empezamos a descubrir Belize City, una ciudad sumamente bella. Llena de colorido, gente muy amable y los mejores precios de correo que hemos encontrado (¡una postal es enviada por 15 centavos de dólar!).

Desde que llegamos ya se preparaban para la fiesta y al dar las ocho de la noche, los puestos de comida, raspados, fotos y el escenario ya estaban listos. Algo que notamos fue que tienen un espíritu patriótico incluso en sus cantantes locales. Todo es Belice y su amor hacia ello. Después de un aguacero que casi arruina la celebración, presenciamos el desfile y las palabras del primer ministro. Al terminar el acto, en medio de un operativo de mucha seguridad, se continúo con la fiesta. Yo no sé si por la fecha en que llegamos, pero nosotros nunca nos sentimos temerosos, ni en una ciudad tan peligrosa como nos había platicado. Al día siguiente después de ver comenzar el desfile del Carnaval, continuamos nuestro camino.

Llegamos a Belmopán, capital de Belice a mediodía, notamos que es un lugar muy nuevo con casas en grandes terrenos y al igual que lo habíamos visto en los anteriores lugares, aquí la religión es la que lleva la educación.

Continuamos a San Ignacio que es el poblado fronterizo con Guatemala. Aquí se siente una vibra mucho más relajada que en la ciudad. Los que conocen dicen que es el pueblo hippie del país. Si de por sí en todo el país escuchas reggae, aquí escucharás mucho más. Aquí seguía la fiesta y disfrutamos del carnaval. En un jardín enorme estaba la zona de comida, una gran carpa y una zona de juegos para niños. Regresamos unas horas después y la fiesta ya estaba en grande. Un artista local animaba a todos a bailar. Salimos sin cámara, pero les puedo asegurar que los beliceños saben divertirse. Nos gusto mucho San Ignacio, así que nos quedamos un día más a descubrirlo.

De aquí continuamos a la frontera con Guatemala, donde tuvimos que pagar $37.5 dólares beliceños por persona para salir del país (¿y qué pasa si no traes dinero?). $7.50 de este pago son para la conserva de sus zonas protegidas. Eso se me hizo buena idea, pues en Chiapas cada que cruzas una te cobran, mejor así tener un cuota que abarque todas.

Como dato, el dólar beliceño está a la mitad del dólar estadounidense. Para México es algo así como $6.30 pesos.

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Pensamiento beliceños

Al pensar en Belice lo que se me venía a la mente eran mis clases de secundaria donde me hicieron repetir, hasta memorizarlo, que México tenía como frontera sur Belice y Guatemala, y en la norte gringolandia. Y así paso en mi vida la existencia de los beliceños, como un algo que empieza al sur del rio Hondo y termina quién sabe dónde, eso sí, no muy lejos, porque es chiquito.

Belice, hoy en el s. XXI es una particularidad de la América al sur del rio Bravo: es un país con una prominente población de raza negra, donde lo criollo se sobrepone a lo mestizo, donde lo sajón es la regla y lo hispano resulta ajeno. Aunque en la zona denominada caribeña esto es lo común y la regla, resulta peculiar en la América continental, donde nombres como Belice, Surinam o las Guyanas resultan extraños y ajenos, a pesar de convivir en el mismo espacio que todos los demás.

Durante nuestra estancia hemos aprendido un poco de este hermoso y pequeño país: es un país muy joven que logró su independencia a finales del siglo pasado, apenas en 1981; nuestra estadía aquí coincidió felizmente con sus festejos y su 29 aniversario, que son el “grito” a la medianoche del 20 de Septiembre, y los desfiles y fiesta durante todo el 21.

¿Qué constituye al pueblo beliceño? Pues una mezcla de mucho, que a la vez no es lo mismo, y por lo tanto, resulta novedoso en nuestra América llamada Latina. De ahí su gran especificidad: es una colonia británica en todo el sentido que la palabra contextualiza en América, es decir, devastación de las culturas originarias, pocos colonos ingleses y muchos, desgraciadamente muchísimos, esclavos africanos. Así, en el siglo XVI se contaban apenas 200 ingleses y más de 3,000 esclavos. El territorio que ocupa hoy en día Belice fue reclamado, en algún momento, por la corona española, pero debido al enclave de piratas y corsarios ingleses en la zona, a la lejanía de sus centros de interés, y a la falta de mayores beneficios, la corona española no hizo muchos intentos por “recuperar” la región, si es que se puede reclamar algo que ralamente nunca fue propio; lo que desembocó en la primera fecha “nacional” de Belice: la batalla del Cayo de San Jorge en 1798. En esta fecha lo que se rememora es la derrota definitiva de los españoles en la región, a manos de los ingleses.

Pero el imaginario colectivo, ayudado infinitamente por los medios británicos, promovieron esa fecha donde “hombro con hombro” los negros y los blancos arrojaron a los “conquistadores” para obtener un territorio “libre”. Vale la pena, a nuestro juicio, ahondar un poco más en esto: esta batalla representa el primer referente en la historia de Belice: no lo representan los asentamientos mayas, de quienes comúnmente se dicen que ya habían abandonado la región antes de la llegada de los piratas (lo cual es falso), ni lo representa la misma llegada de los británicos, ni siquiera lo es la llegada de los primeros esclavos. Aquello que constituye su primer momento es cuando, conquistadores/conquistados “derrotan” una amenaza extranjera que pareciera común para ambos. Ultimadamente los españoles no eran ninguna amenaza para los negros, ellos seguirían viviendo como lo habían hecho bajo las órdenes inglesas, nada habría de empeorar, aunque justo sea dicho, tampoco hubiera mejorado. Lo que esta fecha representa es el intento inglés de repeler todo lo “hispano” de la conciencia de los negros ahora beliceños, fomentando la creencia de una tierra virgen que llegó a ser colonizada en “común” por ambas razas, como si fuesen amigas y hermanas desde que tuvieron el infortunio de conocerse.

La segunda fecha importante para los beliceños es, necesariamente, la declaración real de su independencia: a las doce de la noche del 20 de Septiembre de 1981. Aunque el Reino Unido había decretado la autonomía de la provincia desde los años 60, esta no se había materializado por dos motivos: primero, debido al reclamo guatemalteco del territorio como propio y por el temor inglés de que la región se “hispanizara” y dejara de pertenecer a su círculo de influencia, es decir, el Commonwealth.

Así, Belice se nos aparece como un país aún muy joven, con todo el camino por hacer aún, pero al mismo tiempo, con todas las posibilidades aún enfrente, a su disposición. Es un país perteneciente a América Central, pero que se asemeja más a las islas caribeñas en su modus vivendi. “Belice tiene su cuerpo en Centro América, pero su espíritu en el Caribe”. Esta nación, a fin de cuentas, representará el sincretismo último de toda América: lo hispano con lo sajón, lo indio con lo negro, lo mestizo con lo criollo. ¡Viva Belice!

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Reflexiones sobre el Bicentenario

¿Qué es ser mexicano, latinoamericano? Hoy nos insisten incansablemente sobre nuestra mexicanidad, bombo y platillo han contratado para conmemorarla y celebrarla, ¿pero qué es lo que celebramos? Celebramos, dicen, un grito dado en el pueblo de Dolores que inaugura un movimiento que no termina sino once años después con la consumación de la independencia de la Nueva España de su Metrópoli. ¿Existía México antes de 1810? No. ¿Existió después? Lo dudo.
‘México’ no es más que un nombre propio que designa un concepto que engloba particularidades específicas, que hacen de aquello que se nombra algo único. ¿Cuáles son esas especificidades de lo mexicano? Definitivamente es algo mucho más profundo que la delimitación geográfica entre los ríos Hondo, Usumacinta y Suchiate, con el Rio Bravo; dicho espacio geográfico no es más que una  invención muy nueva, de apenas el siglo pasado. México no es, definitivamente, su territorio.
¿Es México sus tradiciones? Entendida como una excelente gastronomía, coloridas fiestas y días de asueto es desvirtuarlo de su verdadero contenido. Más que sus tradiciones, ¿es México sus culturas? Aquí entramos en complicaciones, ya que México no es una nación de una única cultura, sino que es un conglomerado de muchas, muchísimas. En mi país se reconocen 64 lenguas, ¡64! ¿Dónde terminan las fronteras de cada una de las civilizaciones mayas con las olmecas, totonacas, purépechas, huicholes, etc., etc., etc.?  Tales fronteras se nos desvanecen en la historia y la geografía. México es pues un conglomerado de muchas culturas, civilizaciones, sometidas y reunidas durante 300 años por una metrópoli. Así, al igual que los pueblos latinoamericanos, la nación que surge en 1821, sí, 1821 y no 1810, no es una cultura originaria de América; tampoco es una cultura colombina, ya que entusiasmadamente celebra su independencia. ¿Qué es lo que queda da las naciones latinoamericanas después de 1821? Los estragos en el pueblo que no supo cómo quedó después de dejar un modus vivendi que no le pertenecía, pero al cual ya se había acostumbrado después de 300 años. Entonces, ¿qué celebramos los mexicanos?
Año con año, y con mayor entusiasmo en 2010, celebramos una idea, celebramos el imaginario de libertad e independencia. Históricamente, de manera concreta, celebramos el inicio del sacudimiento del yugo de la metrópoli, de aquella potencia que nos asumía como suyos y siervos, con la bandera de la corona sobre nuestras cabezas. Celebramos que España sale de América, por eso la llamamos América Latina y no América Española (como ellos lo desearían), así como un medio de distanciamiento de los sajones norteños. Pero, ¿qué quedó después de la partida española? Difícilmente podríamos afirmar que queda un continente libre y emancipado, como tanto se nos quiere hacer creer. Más bien quedó un continente devastado, junto con las civilizaciones y culturas que lo conformaban, y a la merced de nuestro aventajado vecino del norte que irónicamente fue el ejemplo mundial a seguir, pero que terminó siendo nuestra propia némesis: ni tres décadas se sucedieron de la emancipación latinoamericana cuando el ejército verde de los gringos marchó por las capitales de distintos países americanos, como tristemente lo sabemos en México, Panamá, Honduras, Nicaragua, etc.; con el único propósito de tomar el lugar de poder abandonado por una España vieja que nunca quiso reinventarse.  En 1821 no ganamos nuestra libertad, sólo cambiamos de dueño; y hasta la fecha. Entonces, ¿qué celebramos en 2010?
Celebramos, pues, la posibilidad de ser libres. Una posibilidad que históricamente hemos creído real, que incluso hemos palpado, pero que jamás, nunca, hemos concretizado. Y aunque esta posibilidad de ninguna manera representa una victoria, tampoco es una derrota; es más bien un recordatorio histórico de que si una vez fue posible, puede volver a serlo.
¿Qué significa para mí el 2010? Un recordatorio único de que el movimiento de independencia, iniciado por seis valientes y seguidos originalmente por sólo un puñado de hombres, es factible; una independencia que 200 años después no se concretiza, no es real, sin embrago permanece presente, posible. Este pequeño conglomerado de voluntades dieron origen al movimiento emancipatorio americano, movimiento que aún está lejos de consumarse, pero que se hace presente con todo su ardor en nuestros corazones. Así, recordando a nuestros próceres, sólo me falta decir: ¡MANOS A LA OBRA!

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Chetumal en el día del Grito

Con todo y que ya queremos cruzar la primer frontera, la verdad es que no podíamos irnos sin pasar el 15 de septiembre en México. Así que fuimos a Chetumal. =)

Todo iba de maravilla, hasta que mientras ibamos camino a, se soltó un aguacero muy, pero muy fuerte. Entrar a la ciudad fue peor, pues todo estaba inundado, los locales cerrados, el viento fuerte y fue así como supimos que la Tormenta Karl estaba pasando encima de nosotros. Nos detuvimos y a las pocas horas fuimos a hacer un scooting de la zona.
Lo bueno es que para la noche ya todo estaba de pie de nuevo y con ganas de divertirse todos.

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Sian Ka’an

Sian Ka’an es una reserva ecológica que se encuentra al sur de Tulum. Aunque hay una caseta y un arco delimitando la zona, el paso es libre sobre una carretera de terraceria, hasta Punta Allen son como 60 kilómetros. Nosotros no fuimos hasta allá, solo lo suficientemente alejados del bullicio y de los hoteles a contemplar nuestra última noche en la Riviera Maya.

Cuando llegamos había cuatro personas más en toda la Bahía, pero al caer la noche se marcharon, así que pudimos disfrutar de una maravillosa noche estrellada. Les dejamos algunas de las fotos.
=)

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