La Majestuosa Lacandona

Sigueindo nuestra ruta por la carretera No. 307, que bordea más de la mitad de la frontera chiapaneca con Guatemala, llegamos a Las Nubes, belleza acúatica enclavada en la Lacandona. La Selva Lacandona es una región muy particular de nuestro país: es una de las pocas selvas que tenemos en México, y a diferencia de la zona selvática de la Península de Yucatán donde se carece de ríos a flor de suelo, contiene grandes cantidades de agua; sólo en Chiapas se concentra el 25% del agua dulce del país. Además, es hogar de numerosísimas especies aniamles y vegetales, muchas de las cuales son endémicas o exclusivas de la región.

Para llegar a Las Nubes es neceario recorrer más de 14 kilómetros de una terracería muy mal conservada (en un par de ocaciones sentímos como se bamboleaba toda la camper) que definitivamente valen la pena. Al llegar al lugar, lo primero con lo que nos topamos es con unas cabañas bellamente acondicionadas (¡tienen calentadores solares!). Siguiendo el sendero, llegamos a un puente el cuál es utilizado como mirador “pincipal” de la caída de agua. Desgraciadamente, desde aquí no se goza de la mejor vista, la cuál se encuentra un kilómetro selva adentro por un sendero pequeño y asediado hasta el cansancio por los mosquitos. Estando arriba, en un bello mirador de madera, se puede contemplar la majestuosidad del lugar: un río enrome que justo donde toca tierra se divide en dos afluentes, la inmensa selva y la infinidad de sonidos. Vida pura y bella es su más magnifica expresión.

Unos kilómetros adelante de la salida a Las Nubes nos encontramos con un parador-mirador que, en una primera instancia no parece más relevante. Sin embargo, desde ese parador pudimos contemplar uno de los paisajes más bellos que vimos desde nuestra salida del DF: la intersección de dos ríos, uno muy caudaloso y revuelto que presentaba una tonalidad café, y otro río un poco menos caudalozo pero más tranquilo, que presumía un color azulado que envidiarín los vitrales de cualquier iglesia.

Este es un lugar de contemplación y, a nuestro juicio, parada obligada en cualqueir visita a la Lacandona.

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